Tartagal

Hace pocos días los argentinos – especialmente los argentinos que viven en Tartagal – sufrimos un desastre ¿natural? que cobró vidas y bienes, estos últimos de gente que ya tiene muy pocos. En el Foro San Martín somos sensibles con el tema, por nuestro compromiso por la preservación del ambiente y también de los argentinos, y además por que nuestra toma de posición en problema de Botnia nos ha hecho muy conscientes de los usos “non sanctos” de la ecología. No tenemos respuestas, todavía, pero quisimos subir esta nota Domingo Schiavoni, columnista de Radio Panorama, que uno de los miembros trajo al Foro, porque nos pareció una de las más agudas (esto es, filosa) sobre el asunto. Agregamos un comentario del ingeniero forestal Carlos Ramis, que abre el paraguas

¿Por qué pasó lo de Tartagal?

Ahora que pasó la tragedia, que los medios se hicieron un festín con las horrorosas imágenes de una ciudad devastada por la furia de las aguas, que los políticos del gobierno, con Alicia Kirchner a la cabeza, repartieron alimentos, ropa y colchones que no resuelven para nada el problema, y que la Presidenta de la Nación visitó la zona, el periodismo sensato debe indagar porqué pasó lo que pasó, si era evitable, y sobre todo si dentro de cuatro años no tendremos otro infausto “circo” parecido.

Según el doctor en Biología José Luis Garrido, catedrático de la Universidad Nacional de Salta, ya Hutton, padre de la hidrología moderna (como Elisèe Reclus), habían señalado el fenómeno de los ríos torrenciales al que llamaron “buscar el nivel de base”. “Si a un río torrencial -sostiene- se le pavimenta el cauce y para mayor estupidez se lo hace en el sitio de máxima pendiente -que está justamente por donde atraviesa la ciudad- adquiere allí la mayor velocidad, por gravedad y por el escaso rozamiento con el cauce hormigonado. Alcanzada una cierta velocidad, el rozamiento produce calor. Calor con agua es iguala vapor”.

“La interfase entre la corriente y la base rígida es una película de gas que actúa como un deslizador de innumerables millones de ‘rulemanes’, agrega el científico. A esto hay que agregar que el agua de un aluvión -no es un alud, como le llaman los medios- tiene una gran carga de materia sólida en suspensión, su densidad ya no es = 1; es mucho más densa, duplicando o triplicando su valor. En esa masa lanzada por el intendente a una velocidad sin freno, empieza a flotar casi cualquier cosa. Troncos, automóviles, casas, ladrillos, cantos rodados de grandes dimensiones, vacas, personas… La densidad hace imposible nadar. Sería como intentar hacerlo en un balde de cemento. A medida que avanza la riada hacia el nivel de base, estos eventos crecen exponencialmente”.

Asegura también Garrido que “quienes brujulean buscando un rédito político de un fenómeno natural que nunca estudiaron seriamente, comienzan a tirar hipótesis para gente que está acostumbrada a la manipulación y a la ‘mala noticia’ como alimento diario”.

Acaso como ejemplo de esa “colonización mediática anticientífica”, un frente de vecinos autoconvocados de Tartagal comenzó a hacer circular por estos días un libelo en el que atribuyen el fenómeno a la deforestación y se refieren a los permisos otorgados por el ex gobernador Juan Carlos Romero para el desmonte de 400.000 hectáreas, y agregan que para más iniquidad, estas pertenecían a una reserva natural indígena y varios etcéteras típicamente ecólatras.

Esa reserva en verdad existe pero está en la zona de Solís Pizarro. Cualquiera que se tome el trabajo de buscar el mapa de la región, advertirá que ese lugar tiene tanto que ver con la cuenca del río Tartagal como la chancha con el ojo del hacha.

Además, los desmontes están aguas abajo de Tartagal, por lo que no pueden ser la causa del deslave. Son un desastre, claro, pero no se puede seguirle la corriente a Greenpeace, que miente y recibe el cheque. El problema es de los funcionarios del Partido Renovador Salteño, continuadores del proceso, en total rosca con el romerismo. Y Romero es Menem.

El doctor Fernando Scalise, colega de Garrido, refiere en una entrevista telefónica concedida a Diario Panorama, que hace unos años, el Departamento de Ciencias Hídricas de la Facultad de Biología de la UNSE fue contratado para realizar un trabajo para el gobierno de Romero y para las municipalidades del área, incluyendo Tartagal. Con el propósito de proponer una solución científica de fondo para estos desastres estacionales. “No nos dieron bola, pagaron 4 años después y, cuando volvió la riada, pidieron subsidios a la Nación”, nos refiere.

“Tal vez la cuestión radique en que nosotros proponíamos tareas en las cabeceras de cuenca y en el curso medio, donde los trabajos cuestan mucho menos y son mano de obra intensiva en una zona donde el subempleo es endémico. Éste ha sido el triunfo de los vendedores de cemento contra la racionalidad de un informe que sostenía que no se puede controlar la peligrosidad de estos eventos recurrentes. Lo que hay que controlar es la vulnerabilidad de la ciudad en conjunto frente a fenómenos de gran magnitud predecibles, cuyo tiempo de recurrencia permite hacer las obras de mitigación que no se hicieron- Es decir, desidia incentivada a fuerza de coima. Serán las mismas empresas que trabajaron en las “obras a prueba de riesgo” las que ganarán mucho dinero en otra reconstrucción precaria de Tartagal. En un plazo no mayor a cuatro años, volveremos a dolernos por otra catástrofe. ¿Y la gente (2/3 de la población del departamento)? Bien, gracias. Ya está meloneada para creerle al intendente y al gobernador y sus bandas. Tres colchones, cuatro frazadas, dos bolsones de comida y algunas amenazas serán suficientes para que sigan sufriendo”.

“Pero juntados los dos eventos con toda la mala leche, se gesta y se pare la profecía”, vaticina Scalise. “La creación y la desclasificación del área de reserva responde a especulación de dos grupos de interés pecuniario y de especulación con el control de la tierra, no frente a la expansión de la tierra, sino a la especulación por un subsuelo con hidrocarburos”. Añade con desazón.

Añade el investigador una realidad aún más desconocida y trágica: “No se puede llegar a Tartagal. No hay acceso en las rutas, cortadas por la policía y gendarmería. Las imágenes que pasa la televisión porteña, o son de 2006, o son actuales captadas por aficionados o cronistas de los medios locales tartagalenses. La Sierra de San Antonio la conozco de norte a sur y desde el Río Grande de Tarija hasta la llanura chaqueña. Hice inspecciones para la Secretaría de Energía en los yacimientos petroleros y sé donde está el buen manejo y donde está la trampa. Fallos hay en todas partes, pero si hiciéramos un análisis de componentes principales del desastre, seguramente lo podríamos concentrar en tres o cuatro variables. Todas ellas están relacionadas con manejos errados asociados al mayor beneficio económico de intendentes y funcionarios locales, de señores de la tierra, y de funcionarios del gobierno provincial, incluidos los gobernadores”.

Tucumán y Tartagal

El licenciado en geografía Néstor Gorojovsky explica que su amigo especialista Luis Yanes fue contratado bajo el gobierno de Alfonsín para dirigir un equipo técnico que estudió el problema del creciente volumen y frecuencia de las riadas en los cursos de agua que bajaban desde los cerros del norte de Tucumán y rompían los puentes del entonces FC Belgrano.

Yanes llegó a la conclusión de que el problema estaba en los bajos sueldos que se pagaban en las fincas de aguas abajo, cuya producción era el principal objetivo de ese ferrocarril. La cadena era la siguiente: el desempleo endémico y los bajos sueldos estaban mandando gente a vivir otra vez cerro arriba. Pero los que volvían, por elementales razones de demografía, eran muchos más que los que alguna vez habían bajado.

Entonces, una vez arriba, se instalaban con su ranchito y sus cabritas. Las cabritas, animalitos del Señor, empezaban a triscar y ramonear en lo alto. La cubierta vegetal y en general la estructura del suelo cerca de las nacientes de los ríos se hacían cada vez más endebles y frágiles, porque ahora había cada vez más cabritas.

La capacidad de retención de aguas en lo alto del cerro iba disminuyendo, y entonces las riadas se hacían más potentes en las nacientes, más súbitas y devastadoras, e iban arrastrando río abajo la destrucción engendrada por los animales. Al final, la cosa terminaba cuando los mismos “productores” agropecuarios de abajo (muchos de ellos poroteros, ahora sojeros) se encontraban con que los puentes se rompían cada vez más frecuentemente.

Esto se estudió en detalle, por lo menos, en la cuenca del río Alurralde. Entonces el grupo bajó de la academia al valle productivo y les expuso a los productores sus conclusiones. Dicho en buen cristiano: o pagaban mejor para que la gente se quedase abajo o las riadas crecerían y por más plata que se pusiera en puentes cada vez más gordos, finalmente la volverían a perder en desastres de transporte.

Recuerda Gorojovsky, no sin humor, que el técnico le explicó que “también cabía la solución macrista/procesista/ecologista: declarar todo el filo de las sierras parque nacional, área natural protegida o lo que sea, y echar a todos los pobladores. Se los echa por bajos salarios del valle, y se los echa por usurpación de la cumbre. Adonde vayan, no es problema del empresariado agropecuario tucumano. Pero, por supuesto, nuestro equipo técnico ni siquiera consideró esta posibilidad. Que era en el fondo lo que los empresarios tucumanos, que añoraban a Bussi, estaban esperando…”.

“Cuando el equipo explicó sus conclusiones, un silencio glacial recorrió la sala. ¡Y miren que hay que fabricar frigorías para que el silencio en Tucumán sea glacial!”

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One Response to Tartagal

  1. Carlos Ramis dice:

    Como en todas estas catástrofes, aparecen las voces que claman de un lado y del otro. Que era evitable, que la culpa es de los desmontes, de Romero, de Cristina, de Pedro y de Juan… que no es culpa de nadie, que la naturaleza, que un castigo divino… según de qué lado del mostrador esté el opinador, por supuesto. En medio del gallinero lleno de gallinas cacareando es muy difícil escuchar el sonido del viento.
    Hay quienes dicen que la culpa es de los desmontes, otros refutan afirmando que la mayor parte de los desmontes están cuenca abajo de Tartagal… En fin, estas cuestiones no son fáciles de determinar. No tienen cantidad medible ni precio de mercado, por lo tanto cualquiera puede decir cualquier cosa y algo de razón tendrá. Indudablemente, los desmontes en las Yungas -y no solo acá, también en Bolivia- tienen consecuencias. Ningún cambio de ecosistema es gratuito en cuanto a costo ambiental. Ahora bien: si los desmontes inciden en un 80, un 50, un 40 o un 10% en un hecho como este, únicamente un aventurero, un chanta o un ecologista en busca de fondos para sostener su respectiva “fundación” pueden atreverse a tales aseveraciones a apenas un par de semanas del desastre. Lo de “nosotros ya lo habíamos anunciado” no es serio. Ni en este ni en ningún caso.
    En cuanto al “mapa de riesgo ambiental”… Parece que padecemos algún tipo de fiebre cartográfica últimamente… “mapa de la inseguridad”, “mapa de riesgo ambiental”… propongo un “mapa de mujeres disponibles”, que creo que sería muy útil.
    Sin embargo, creo que debés subirlo: es un buen tema de discusión. Entre discutir si la diva Su se equivocó o no al pedir pena de muerte, y discutir las posibles causas del desastre de Tartagal, me quedo con esto último.

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