Tartagal

marzo 7, 2009

Hace pocos días los argentinos – especialmente los argentinos que viven en Tartagal – sufrimos un desastre ¿natural? que cobró vidas y bienes, estos últimos de gente que ya tiene muy pocos. En el Foro San Martín somos sensibles con el tema, por nuestro compromiso por la preservación del ambiente y también de los argentinos, y además por que nuestra toma de posición en problema de Botnia nos ha hecho muy conscientes de los usos “non sanctos” de la ecología. No tenemos respuestas, todavía, pero quisimos subir esta nota Domingo Schiavoni, columnista de Radio Panorama, que uno de los miembros trajo al Foro, porque nos pareció una de las más agudas (esto es, filosa) sobre el asunto. Agregamos un comentario del ingeniero forestal Carlos Ramis, que abre el paraguas

¿Por qué pasó lo de Tartagal?

Ahora que pasó la tragedia, que los medios se hicieron un festín con las horrorosas imágenes de una ciudad devastada por la furia de las aguas, que los políticos del gobierno, con Alicia Kirchner a la cabeza, repartieron alimentos, ropa y colchones que no resuelven para nada el problema, y que la Presidenta de la Nación visitó la zona, el periodismo sensato debe indagar porqué pasó lo que pasó, si era evitable, y sobre todo si dentro de cuatro años no tendremos otro infausto “circo” parecido.

Según el doctor en Biología José Luis Garrido, catedrático de la Universidad Nacional de Salta, ya Hutton, padre de la hidrología moderna (como Elisèe Reclus), habían señalado el fenómeno de los ríos torrenciales al que llamaron “buscar el nivel de base”. “Si a un río torrencial -sostiene- se le pavimenta el cauce y para mayor estupidez se lo hace en el sitio de máxima pendiente -que está justamente por donde atraviesa la ciudad- adquiere allí la mayor velocidad, por gravedad y por el escaso rozamiento con el cauce hormigonado. Alcanzada una cierta velocidad, el rozamiento produce calor. Calor con agua es iguala vapor”.

“La interfase entre la corriente y la base rígida es una película de gas que actúa como un deslizador de innumerables millones de ‘rulemanes’, agrega el científico. A esto hay que agregar que el agua de un aluvión -no es un alud, como le llaman los medios- tiene una gran carga de materia sólida en suspensión, su densidad ya no es = 1; es mucho más densa, duplicando o triplicando su valor. En esa masa lanzada por el intendente a una velocidad sin freno, empieza a flotar casi cualquier cosa. Troncos, automóviles, casas, ladrillos, cantos rodados de grandes dimensiones, vacas, personas… La densidad hace imposible nadar. Sería como intentar hacerlo en un balde de cemento. A medida que avanza la riada hacia el nivel de base, estos eventos crecen exponencialmente”.

Asegura también Garrido que “quienes brujulean buscando un rédito político de un fenómeno natural que nunca estudiaron seriamente, comienzan a tirar hipótesis para gente que está acostumbrada a la manipulación y a la ‘mala noticia’ como alimento diario”.

Acaso como ejemplo de esa “colonización mediática anticientífica”, un frente de vecinos autoconvocados de Tartagal comenzó a hacer circular por estos días un libelo en el que atribuyen el fenómeno a la deforestación y se refieren a los permisos otorgados por el ex gobernador Juan Carlos Romero para el desmonte de 400.000 hectáreas, y agregan que para más iniquidad, estas pertenecían a una reserva natural indígena y varios etcéteras típicamente ecólatras.

Esa reserva en verdad existe pero está en la zona de Solís Pizarro. Cualquiera que se tome el trabajo de buscar el mapa de la región, advertirá que ese lugar tiene tanto que ver con la cuenca del río Tartagal como la chancha con el ojo del hacha.

Además, los desmontes están aguas abajo de Tartagal, por lo que no pueden ser la causa del deslave. Son un desastre, claro, pero no se puede seguirle la corriente a Greenpeace, que miente y recibe el cheque. El problema es de los funcionarios del Partido Renovador Salteño, continuadores del proceso, en total rosca con el romerismo. Y Romero es Menem.

El doctor Fernando Scalise, colega de Garrido, refiere en una entrevista telefónica concedida a Diario Panorama, que hace unos años, el Departamento de Ciencias Hídricas de la Facultad de Biología de la UNSE fue contratado para realizar un trabajo para el gobierno de Romero y para las municipalidades del área, incluyendo Tartagal. Con el propósito de proponer una solución científica de fondo para estos desastres estacionales. “No nos dieron bola, pagaron 4 años después y, cuando volvió la riada, pidieron subsidios a la Nación”, nos refiere.

“Tal vez la cuestión radique en que nosotros proponíamos tareas en las cabeceras de cuenca y en el curso medio, donde los trabajos cuestan mucho menos y son mano de obra intensiva en una zona donde el subempleo es endémico. Éste ha sido el triunfo de los vendedores de cemento contra la racionalidad de un informe que sostenía que no se puede controlar la peligrosidad de estos eventos recurrentes. Lo que hay que controlar es la vulnerabilidad de la ciudad en conjunto frente a fenómenos de gran magnitud predecibles, cuyo tiempo de recurrencia permite hacer las obras de mitigación que no se hicieron- Es decir, desidia incentivada a fuerza de coima. Serán las mismas empresas que trabajaron en las “obras a prueba de riesgo” las que ganarán mucho dinero en otra reconstrucción precaria de Tartagal. En un plazo no mayor a cuatro años, volveremos a dolernos por otra catástrofe. ¿Y la gente (2/3 de la población del departamento)? Bien, gracias. Ya está meloneada para creerle al intendente y al gobernador y sus bandas. Tres colchones, cuatro frazadas, dos bolsones de comida y algunas amenazas serán suficientes para que sigan sufriendo”.

“Pero juntados los dos eventos con toda la mala leche, se gesta y se pare la profecía”, vaticina Scalise. “La creación y la desclasificación del área de reserva responde a especulación de dos grupos de interés pecuniario y de especulación con el control de la tierra, no frente a la expansión de la tierra, sino a la especulación por un subsuelo con hidrocarburos”. Añade con desazón.

Añade el investigador una realidad aún más desconocida y trágica: “No se puede llegar a Tartagal. No hay acceso en las rutas, cortadas por la policía y gendarmería. Las imágenes que pasa la televisión porteña, o son de 2006, o son actuales captadas por aficionados o cronistas de los medios locales tartagalenses. La Sierra de San Antonio la conozco de norte a sur y desde el Río Grande de Tarija hasta la llanura chaqueña. Hice inspecciones para la Secretaría de Energía en los yacimientos petroleros y sé donde está el buen manejo y donde está la trampa. Fallos hay en todas partes, pero si hiciéramos un análisis de componentes principales del desastre, seguramente lo podríamos concentrar en tres o cuatro variables. Todas ellas están relacionadas con manejos errados asociados al mayor beneficio económico de intendentes y funcionarios locales, de señores de la tierra, y de funcionarios del gobierno provincial, incluidos los gobernadores”.

Tucumán y Tartagal

El licenciado en geografía Néstor Gorojovsky explica que su amigo especialista Luis Yanes fue contratado bajo el gobierno de Alfonsín para dirigir un equipo técnico que estudió el problema del creciente volumen y frecuencia de las riadas en los cursos de agua que bajaban desde los cerros del norte de Tucumán y rompían los puentes del entonces FC Belgrano.

Yanes llegó a la conclusión de que el problema estaba en los bajos sueldos que se pagaban en las fincas de aguas abajo, cuya producción era el principal objetivo de ese ferrocarril. La cadena era la siguiente: el desempleo endémico y los bajos sueldos estaban mandando gente a vivir otra vez cerro arriba. Pero los que volvían, por elementales razones de demografía, eran muchos más que los que alguna vez habían bajado.

Entonces, una vez arriba, se instalaban con su ranchito y sus cabritas. Las cabritas, animalitos del Señor, empezaban a triscar y ramonear en lo alto. La cubierta vegetal y en general la estructura del suelo cerca de las nacientes de los ríos se hacían cada vez más endebles y frágiles, porque ahora había cada vez más cabritas.

La capacidad de retención de aguas en lo alto del cerro iba disminuyendo, y entonces las riadas se hacían más potentes en las nacientes, más súbitas y devastadoras, e iban arrastrando río abajo la destrucción engendrada por los animales. Al final, la cosa terminaba cuando los mismos “productores” agropecuarios de abajo (muchos de ellos poroteros, ahora sojeros) se encontraban con que los puentes se rompían cada vez más frecuentemente.

Esto se estudió en detalle, por lo menos, en la cuenca del río Alurralde. Entonces el grupo bajó de la academia al valle productivo y les expuso a los productores sus conclusiones. Dicho en buen cristiano: o pagaban mejor para que la gente se quedase abajo o las riadas crecerían y por más plata que se pusiera en puentes cada vez más gordos, finalmente la volverían a perder en desastres de transporte.

Recuerda Gorojovsky, no sin humor, que el técnico le explicó que “también cabía la solución macrista/procesista/ecologista: declarar todo el filo de las sierras parque nacional, área natural protegida o lo que sea, y echar a todos los pobladores. Se los echa por bajos salarios del valle, y se los echa por usurpación de la cumbre. Adonde vayan, no es problema del empresariado agropecuario tucumano. Pero, por supuesto, nuestro equipo técnico ni siquiera consideró esta posibilidad. Que era en el fondo lo que los empresarios tucumanos, que añoraban a Bussi, estaban esperando…”.

“Cuando el equipo explicó sus conclusiones, un silencio glacial recorrió la sala. ¡Y miren que hay que fabricar frigorías para que el silencio en Tucumán sea glacial!”

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Ratones argentinos al espacio

marzo 2, 2009

Esta historia es bastante conocida – por lo menos entre aquellos que se interesan por estas cosas. Si la subimos al blog del Foro, es porque con ella estrenamos una categoría “La Argentina que no cuidamos”. Porque es sólo un pequeño ejemplo de cosas que los argentinos hemos sabido hacer y no hemos sabido conservar, o – más importante – construir a partir de ellas.

Esta versión ha sido tomada de El Tribuno, de Salta, en ocasión de la presentación de un libro del Ing. De León. Nos pareció que estaba muy bien contada.

“El ingeniero argentino radicado en EEUU, Pablo de León, dio a conocer detalles de la actividad aeroespacial desarrollada en nuestro país entre las décadas del 60 y del 80 y que por razones políticas fue- desmantelada en los 90. Él fue el principal diseñador del traje NDX-1 para vuelos tripulados al planeta Marte. Su libro es el primero en su género y se constituye en un aporte invalorable a la historia espacial de nuestro país.

La presentación del libro de un ingeniero argentino que hoy dirige en los Estados Unidos un laboratorio de trajes espaciales, incentivó la pregunta: ¿Sabía usted que aquí se lanzaron ratones y monos al espacio?

Hay otras sorpresas: los restos de dos de esos “astronautas” -el ratón Belisario y el mono Juan- se conservan en el Museo Universitario de Tecnología Aeroespacial de Córdoba y sus vuelos se hicieron en la época en que la Argentina se encontraba entre los seis únicos países del mundo que desarrollaban tecnología espacial.

El libro que ilustra sobre éstas y otras rarezas se llama “Historia de la Actividad Espacial en la Argentina” y lo escribió Pablo de León, hoy director del Laboratorio de Trajes Espaciales de la Universidad de North Dakota e investigador asociado en Estudios Espaciales en esa academia. De León dirigió, en proyectos financiados por la NASA, el diseño del NDX-1, un prototipo de traje para misiones tripuladas a Marte, y del NDX-2, para la exploración lunar.

Esto no es todo: fue el director del proyecto PADE, un conjunto de siete ensayos argentinos que en 2001 volaron al espacio en el transbordador Endeavour; y también participó en el lanzamiento del satélite educativo argentino Pehuensat-1, de la Universidad Nacional del Comahue, puesto en órbita desde la India en 2007.

Por fin -aunque hay mucho más-en 1997 fue el primer argentino y segundo latinoamericano en volar en gravedad cero en el avión KC-135 de la NASA, con el que realizó 80 parábolas y probó experimentos argentinos que luego viajaron al espacio en el PADE.

Las historias

En su libro, De León cuenta que el ratón Belisario, de 5 meses y 170 gramos de peso, había nacido en el Instituto de Biología Celular de la Universidad de Córdoba.

“Belisario fue seleccionado entre varias ratas que no sospechaban lo que les depararía el destino. Esta fue la más dócil y rápidamente se adaptó al uso del arnés y el chaleco”, escribió. El lanzamiento se hizo el 11 de abril de 1967, a las 10 de la mañana, desde la Escuela Aerotransportada de Córdoba: Belisario iba en una cápsula acoplada al cohete Yarará, de fabricación nacional.

Cincuenta minutos más tarde, el ratón fue rescatado sano y salvo, aunque mojado en transpiración, muy nervioso y con 8 gramos de menos; durante el vuelo se registraron sus datos de respiración y cardíacos y también las temperaturas internas y externas.

“Belisario vivió sano y salvo hasta el fin de sus días en el Instituto de Biología Celular donde había nacido y fue padre de numerosas ratitas, las cuales, como era previsible, no tuvieron alteración alguna”, expresó De León. Su compañero, Celedonio, no tuvo la misma suerte: el 19 de mayo de 1967 embarcó desde El Chamical en una cápsula adosada al cohete Orión II, pero el paracaídas se enredó en el motor y la cápsula cayó al piso. Algo así le pasó también a la rata Dalila.

El mono Juan, de 18 meses y 1,5 kilos de peso, capturado en Salta, participó de la experiencia Canopus II – Bio II. Viajó en una cápsula adosada al cohete Rigel 04, sobre un asiento similar a los usados en las misiones tripuladas, protegido con arneses.

El lanzamiento fue el 23 de diciembre de 1969 desde El Chamical y el rescate fue exitoso: aunque emergió desorientado y muy quieto, “poco después se recuperó totalmente y vivió hasta el fin de sus días en el Zoológico de Córdoba”, apuntó.

Entre Belisario y Juan, con buena o mala fortuna, hubo otros “astronautas” como los ratones Alfa, Gamma, Alejo, Aurelio, Anastasio, Braulio, Benito, Cipriano y Coco; y una monita caí misionera sin nombre, que no pudo ser rescatada con vida.

“La Argentina se convertía entonces en el cuarto país en el mundo en la realización de experiencias biológicas en el espacio, detrás de los Estados Unidos, la Unión Soviética y Francia, y era el primero en Latinoamérica”, consignó De León.