América del Sur: de los estados-ciudad al Estado Continental Industrial

Alberto Methol Ferré

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Soy un uruguayo, es decir, un argentino oriental; ustedes son argentinos occidentales. Por eso no voy a hablar sobre aspectos o anécdotas de la política interna de ustedes, porque en eso me enseñan a mí, pero sí hacer una reflexión sobre el marco general que nos abarca a todos, para procurar entender qué nos está ocurriendo.

Porque las protestas, los cacerolazos, si no tienen una arquitectura y un horizonte que les permita la comprensión del acontecer y sus hitos esenciales, es una acción sin rumbo y que se va a perder en mil esfuerzos dispersos. Solamente un pensamiento unificado, arraigado en nuestra historia, hijo de nuestra historia, permitirá reencontrar rutas reunificadoras.

Lo que voy a hacer hoy va a ser un retomar algunas ideas de un argentino que ustedes y yo estimamos mucho, y que pienso no han sido desarrolladas nunca suficientemente en la Argentina. Me refiero a las ideas de Perón, que repitió en varias oportunidades, respecto a tres etapas históricas fundamentales: los “estados-nación”, los “estados continentales” y finalmente el horizonte último, un “estado mundial”. Ése era para Perón el marco básico de los siglos XX, XXI y quizás del XXII. El sostenía que ahora estábamos en el pasaje de los estados-nación a los estados continentales, y que eso era la política mundial hoy; luego vendría el pasaje de los Estados Continentales al Estado Mundial. Entonces, reflexionando sobre este acontecer, decía aquello de “el año 2000 nos va a encontrar unidos -o sea, con un estado continental- o dominados”, porque en su pensamiento estaba que aquellas naciones que no lograran conformar un “estado continental” iban a desaparecer como centros de autonomía. Pienso que la historia hoy nos muestra que estamos en la batalla fundamental para el gozne entre la nación, las “nacioncitas” de América del Sur, y el estado continental de América del Sur. Lo vamos a explicar en esta noche en forma muy rápida y esquemática.

¿Cómo y cuál es la realidad hoy, de los estados-nación? Está el órgano mundial de las Naciones Unidas, y la idea del estado-nación es la idea que se usa para todos los acontecimientos que hoy acaecen en la historia. El conjunto de todas las sociedades públicas se llama “Naciones Unidas”. Hay, según parece, 194 estados-nación en las Naciones Unidas. 194.

En esas 194 está la China, el Uruguay, el Paraguay, los Estados Unidos, están las islas de Jamaica o Madagascar… Hay la multiplicidad más enorme de dimensiones y situaciones, para las que se usa el mismo concepto de “estado-nación”. Pero evidentemente si yo digo “Hay 194 estados-nación en el mundo actual”, digo algo que hace ininteligible al mundo contemporáneo, porque estoy aplicando el mismo nombre a elefantes, gorriones y moscas, a una diversidad de situaciones tan heterogénea que el nombre resulta completamente equívoco. Decir que los Estados Unidos es una nación, decir que la isla de Santo Domingo son dos naciones, hace que la idea de “nación” se vuelva casi inusable para interpretar ningún acontecimiento. Entonces es indispensable hacer un discernimiento mínimo de ciertos tipos básicos de naciones.

En esos varios tipos de naciones podemos discernir, en el arranque, en el proceso de la historia, cuáles fueron los Estados-Nación que se convirtieron en ejemplares en el mundo. ¿Cuáles son? Fue en el centro mundial europeo, en el momento en que Europa era el centro unificador del mundo, y que comenzaba la revolución industrial, que apareció el primer estado nación arquetípico que fue Inglaterra, Gran Bretaña. Al iniciarse el siglo XIX, o sea en el momento de las luchas por la Independencia, emergía el primer gran estado-nación industrial del mundo, que iba a ser el poder hegemónico y paradigma de la modernidad. El segundo estado que se convierte en estado-nación industrial, en la primera mitad del siglo XIX, es Francia. Inglaterra y Francia se convierten así en los modelos del estado-nación industrial emergente. Por eso el primer gran economista de la sociedad industrial va a ser un inglés, David Ricardo, con su célebre obra Principios de Economía Política de 1817 -en plena lucha de nuestra emancipación-, y la primera reflexión orgánica sobre una sociedad industrial va a ser de un francés, Claudio de Saint-Simon, en su obra El Sistema industrial de 1821. Ricardo y Saint-Simon, entonces, son el comienzo de un nuevo tipo de pensamiento, sobre un nuevo tipo de sociedad emergente y protagonista en el mundo. Los que no fueran estados-nación industriales iban a ser el coro de la historia, los comentadores de la historia, los receptores de la historia hecha por otros. Para ser protagonistas en la historia había que ser al estilo de la sociedad inglesa y luego la francesa. Primera mitad del siglo XIX.

Durante la segunda mitad se da la gran lucha alemana e italiana por la “unidad nacional”. Para generar un gran estado industrial, Bismarck va a culminar la unidad alemana que había sido aprontada por el Zollverein, la unión aduanera entre los micros estados alemanes. Esa unidad permite el gran salto industrial de Alemania, que al término de la era de Bismarck se ha convertido en la primera sociedad industrial de Europa, mayor que la inglesa. Y en Italia, en forma menor, los industriales del norte, de Milán, de Turín, del Piamonte, generan la unidad italiana para ampliar su mercado y poder irrumpir en la lógica de los Estados que podían llegar a ser protagonistas de la historia. Si no, se era Estado del coro. Los enanitos del coro. Luego viene, a fines del siglo XIX e inicios del siglo XX, un quinto Estado, esta vez en Asia. Es la irrupción novedosa de Japón, que inicia en el Asia el primer gran estado-nación industrial. Es un acontecimiento insólito en la época.

Hay, pues, cinco grandes estados-nación industriales que irrumpen en el siglo XIX como los dinamizadores. Estos cinco estados forman parte hoy del Club de los Siete. O sea, que entre los siete países más ricos del mundo, más industriales del mundo, están los cinco que entraron al nivel de estado-nación industrial en el siglo XIX. Inglaterra, Francia, Alemania, Italia, Japón.

Pero hete aquí que en ese mismo siglo va a ir apareciendo un nuevo Estado al margen del centro mundial del poder. Ese estado al margen del centro es un estado de dimensión insólita, lograda a través de una capacidad expansiva insólita, que durante el siglo XIX hace su expansión hacia el oeste: los Estados Unidos de Norte América. Con esa expansión, y con la victoria del norte industrial sobre el sur esclavista y agrario, a partir de 1865 se empieza a engendrar un nuevo, y gigantesco, estado-nación industrial. Que llega de océano a océano, porque ocupa gran parte de México: Texas, Nuevo México, California. Y ahí aparece la visión de Ratzel. Federico Ratzel es un antropólogo alemán y el fundador intelectual de la geopolítica alemana. A Ratzel lo envían a Estados Unidos en la década de 1870, o sea en pleno despegue industrial de los Estados Unidos, y fruto de su viaje escribe, en 1880, Los Estados Unidos de Norteamérica. Ratzel se siente allí como Liliput en el país de los Gigantes. Por ejemplo, él admiraba la eficacia de los ferrocarriles alemanes, y se encuentra que los Estados Unidos están atravesadon por tres o cuatro líneas transcontinentales que van del Océano Atlántico al Océano Pacífico; y unas locomotoras que eran dos o tres veces más potentes que las locomotoras alemanas, porque para atravesar el continente entero en forma rentable la locomotora tenía que arrastrar muchos más vagones. Entonces ve todo lo europeo pero en proporciones gigantescas. Nacen los rascacielos, cuantitativamente todo adquiere dimensiones fantásticas. Ratzel es impactado hondamente por esta realidad. Estados Unidos culmina el ciclo interno de su industrialización al completar su marcha hacia el oeste, alrededor de 1890. Ha cumplido la etapa de colonización interna sin incomodar a ninguna potencia, ya que todas estaban por entonces en Europa. La única víctima había sido México. Entonces ese nuevo actor, en las márgenes del centro de poder mundial, llega a los dos océanos y comienza, con el almirante Alfred Mahan, con Theodore Roosevelt, el primer Roosevelt, la priorización del Océano. Tomar relación con el océano es tomar relación con el mundo. “Pensar el océano” es “pensar el mundo”, porque casi las tres cuartas partes de la tierra son la masa marítima oceánica. De manera que los cowboys empezaron a transformarse en marines; o sea, a tener preocupaciones mundiales. Los primeros que expresan ese cambio, Mahan, Roosevelt, Henry Cabot Lodge y otros, son llamados -porque es el término que se populariza en la época- los “imperialistas”. Porque miraban el mundo por primera vez, eran yankees que miraban el conjunto del mundo; antes no había ocurrido; antes era el asunto del Far West, una marcha interna. Ahora empieza la externa. Es la razón del conflicto con España, en Cuba y Filipinas, es la razón de la creación de Panamá, para la construcción del canal. Porque de ese modo Estados Unidos supera el problema de la comunicación marítima de sus dos litorales. El canal de Panamá le permite una comunicación inmediata y la posibilidad de tener la máxima presencia tanto en uno como en otro océano. Por ello también sobreviene la anexión, en el mismo año de la Guerra de Cuba, 1898, de Hawaii. Hawaii había sido invitada a la primera Conferencia Interamericana de 1889, cuando era independiente, pero en el año 1898 la anexan como camino a Oriente y camino a las Filipinas, que va a ser su base estratégica entre el sudeste asiático, la China y el Japón, en el corazón del Extremo Oriente.

Todo este proceso llama finalmente la atención en Europa, y Ratzel escribe sobre esto, que es decir sobre el mundo, sobre la geopolítica mundial. En esencia, Ratzel dice: la era de los estados-nación industriales, que ha sido el siglo XIX, ha sido derogada sustancialmente, porque de ahora en adelante, el siglo XX, va a ser la “era de los Estados Continentales Industriales”. De ahí le viene a Perón esa idea, que paradójicamente ningún argentino se ocupó en saber de dónde venía y por qué venía. Era un rótulo, pero no pensamiento, para la mayoría de sus propios compatriotas. Entonces Ratzel llega a la conclusión de que Europa está “liquidada”, porque Alemania no puede enfrentar a Estados Unidos, Inglaterra tampoco, Francia tampoco. ¡Son paisitos! Estados Unidos implica varias Alemanias, Francias, Inglaterras. ¡Ninguno puede con la escala de los Estados Unidos! ¡Todos son secundarios! Se terminó el poder de Europa, se terminó Europa. Lo dice Federico Ratzel, que murió en 1904 y que advierte entonces: si Europa no se une y forma un nuevo Estado Continental, no va a tener ningún protagonismo más en la historia. Va a tener la ilusión, conservará la ilusión que es todavía protagonista, pero en esencia hay otro que ya es más que ella entera. Así que de la forma en que venía Europa, era perder el tiempo. Y se interroga más: ¿Quién podrá hacerle frente a este poder continental que abre la “era de los estados continentales”? Si Europa se une y forma una “Unión Europea”, en una de ésas puede. Pero hay que inventar un nuevo tipo de nación; si no, es la muerte. Y percibe que puede aparecer otro competidor: Rusia. Rusia había comenzado, en la década de 1890, su despegue industrial, en algunas zonas básicas. Se mantenía igualmente como un gigantesco mundo campesino, pero al comenzar la Primera Guerra Mundial el producto industrial de Rusia era levemente mayor que el de Francia. Eso no se percibía con facilidad debido al gigantesco mundo campesino que envolvía esos núcleos industriales, y por ello parecía mucho más atrasada de lo que estaba. Y Ratzel concluye que si Rusia lograba mantener una industrialización acelerada, y unificaba las múltiples etnías que integraban el Imperio, entonces podía constituirse en el único poder continental capaz de enfrentar a los Estados Unidos de Norte América. Y nadie más. Cuando dijo todo esto, anunció la lógica de la historia del siglo XX que hemos vivido todos nosotros. La anunció al comenzar el siglo. Los Estados Unidos, que para Ratzel eran ya el poder máximo, pero virtual aún, a principios del siglo XX, iban a lograr fructificar esa virtualidad de “primer estado continental industrial”, recién en la Segunda Guerra Mundial. Tardaron cincuenta años en hacer público y notorio, ante el mundo entero, que eran el máximo poder mundial.

En ese mismo instante del novecientos aparece la primera generación en América Latina que empieza a repensar la unidad continental. Es la generación de José Enrique Rodó, de Manuel Ugarte, de Rufino Blanco Fombona, de Francisco García Calderón, de la que luego derivarán Perón y otros. Estos del 1900, sin la percepción orgánica y sistemática de Ratzel, vieron lo mismo. O sea, advirtieron la emergencia del poder de los Estados Unidos, que se hace visible en la guerra de Cuba de 1898, y dijeron: “Estados Unidos es el nuevo paradigma del poder; o los enanitos que nos hemos repartido en la crisis del Imperio Español hacemos la Patria Grande unificada, o estamos fritos”. Es decir, no con la nitidez de Ratzel, con el armazón intelectual de Ratzel, pero los latinoamericanos del 900 sienten y perciben lo mismo: que las patrias chicas y enanas del sur no iban a ser nada si no se unían. Y entonces afirman que tenemos que pasar de los “Estados Desunidos del Sur” a los “Estados Unidos del Sur”. Y ésa es la tarea que propone esa generación, en que por primera vez se repone -contemporáneamente a Ratzel- una política continental latinoamericana, para superar lo que para ellos era el enanismo de Argentina, Bolivia, Colombia, Chile, Ecuador, Paraguay, Perú, Uruguay, Venezuela, todos países enanos.

El primero que escribe de estas cosas es Rodó, con el Ariel, que aparece en 1900. Es muy interesante. Rodó en el Ariel habla como el profesor universitario que le dice a sus estudiantes: cada generación necesita acuñar un mensaje nuevo, responder a una nueva necesidad de la historia, y yo quiero ayudarlos a pensar qué idea nueva pueden aportar ustedes a la historia. Esa idea, que era su obsesión ya de años antes, es la unidad moral e intelectual de América Latina. Y les advierte a esos muchachos, que son el público imaginario de su libro: si no vamos hacia la unidad de América Latina, no vamos a salir del polvo de la historia; vamos a no ser, definitivamente. Es decir, les señaló a los jóvenes nada más que un horizonte nuevo, porque ellos no sabían ni la historia de “América Latina”. Todos habían nacido y conocían la historia del Uruguay solo, la historia del Paraguay solo, de la Argentina sola. Porque todo ocurrió para que la Argentina fuera sola, para que el Uruguay fuera solo, para que Chile fuera solo, para que Ecuador fuera solo. Y él dijo ¡no! ¡Tenemos que repensar todo! Desde la unidad. Eso se había interrumpido desde 1826, con el fracaso de Bolívar en confederar el conjunto de las repúblicas emergentes y fundar lo que él llamaba una Nación de Repúblicas Confederadas. Entonces esta reposición de la tarea unificadora se inicia en Montevideo, por inspiración de Rodó, con la realización, en 1908, del Primer Congreso Estudiantil Latinoamericano. Llegan estudiantes del Perú, de Chile, de la Argentina, de Brasil, del Paraguay, y es el comienzo de la organización de las juventudes latinoamericanas, promovido por Rodó. El sólo podía persuadir a los que no eran adultos. Porque los adultos estaban en otro mundo, el mundo agroexportador hacia Europa. El Uruguay iba hacia Europa, la Argentina iba hacia Europa, Chile iba hacia Europa, nadie se comunicaba entre sí. No teníamos vínculos económicos serios entre nosotros. Recién los empezamos a tener a fondo hace quince años. A fondo, hace quince años. Antes no. Todos nos habíamos afirmado haciéndonos extraños del vecino; lo que no debíamos conocer era al vecino; más bien debíamos diferenciarnos del vecino. El vecino era el malo, el idiota, y yo era el bueno. Y como éramos tan iguales, tuvimos que inventarnos un conjunto de enemistades vecinales, como las peores aldeas. Aldeanos insoportables.

Este proceso que estoy describiendo fue muy claro, y se dio inicialmente entre el año 1900, en que aparece el Ariel, y el estallido de la Primera Guerra Mundial en 1914. El argentino Manuel Ugarte es el primero que ofrece una síntesis, histórica y política, del conjunto de América Latina, en el libro El porvenir de la América Española, publicado en 1910. Hasta entonces, en pleno siglo XX, no había ninguna visión de conjunto de América Latina. Era la primera vez que alguien se ocupaba de pensar el conjunto. Al año siguiente, 1911, apareció La evolución política y social de Hispanoamérica, del venezolano Rufino Blanco Fombona. Blanco Fombona le pidió además a Rodó que escribiera un Simón Bolívar; y Rodó, por esas cosas exóticas, ya que ni la acción ni la influencia de Bolívar llegaron nunca al Uruguay, había hecho composiciones sobre Bolivar desde los once o doce años. Y Rodó hizo entonces su Bolívar, el unificador del sur, en 1912. El mismo año de 1912 se publica Las democracias latinas en América del peruano Francisco García Calderón, y al año siguiente La creación de un continente, dos obras extraordinarias donde ya el tema de la unidad va adquiriendo más forma; a punto tal que García Calderón termina insinuando que quizás el destino unificado de Sudamérica, esté en la emergencia nueva de Argentina y Brasil. En vísperas de la Primera Guerra Mundial, la generación del 900 había alcanzado la primera visión totalizante de América Latina.

En abril de 1918 Manuel Ugarte es el único orador en el acto inaugural de la primera gran organización estudiantil, la Federación Universitaria Argentina, la FUA. Dos o tres meses después estalla la Reforma Universitaria en Córdoba, que le brinda nueva dinámica al proceso inciado con el Ariel, dando cauces institucionales al movimiento juvenil universitario latinoamericano. El estudiantado es, entonces, el primer heredero del latinoamericanismo. Y lo pudo ser, digamos, por las “idealidades”. ¿Por qué? Porque los adultos, la gente “seria”, pensaba de otro modo. En todo caso, alguno se habrá pegado un susto al escuchar al hijo hablando de la “unidad”… con los países sudamericanos. Y dirían cosas como “¡Estos chiquilines no saben que no tenemos vínculos ni con Chile ni con Bolivia! ¡Perder el tiempo! ¡Hay que ir a París, a Londres, a New York! No sean bobetas, nosotros tenemos vínculos con los importantes; ustedes ¿qué quieren con otros enanos inferiores? ¿Para qué?”.

Pero el río siguió, y fue del mundo estudiantil que surgió la gran marea nacional populista. También fue de ese mundo que surgieron las primeras visiones políticas de la industrialización de América Latina, con el gran teórico inicial que fue Víctor Raúl Haya de la Torre y la Alianza Popular Revolucionaria Americana, el APRA. Haya de la Torre es la primera teorización general para superar las “polis oligárquicas” de América Latina. Polis oligárquicas, porque lo que se llamaron “naciones”, en América Latina, fueron rótulos. Eran rótulos de algo que en realidad se trataba, tan sólo, de un conjunto de “ciudades antiguas”. Porque el Imperio Español se descompone, al iniciarse el siglo XIX, en un conjunto de “ciudades-estado antiguas”. Son ciudades-estado antiguas que controlan un enorme hinterland, inimaginable para ningún europeo; pero eran ciudades-estado del tipo mediterráneo, formadas por comerciantes, terratenientes y artesanos, y el resto eran los ilotas. No votaban ni eran nada en el orden de la polis. Nada. Cuando en el ´900 Rodó hace el Ariel, en la Argentina Juan Agustín García escribe La ciudad indiana, que es la primera obra importante sobre las ciudades americanas durante la época hispana. Y cuando uno lee esa obra, se da cuenta que Juan Agustín García, al analizar la “ciudad indiana”, lo único que hace es trasladar todas las categorías de análisis de Fustel de Coulanges. De Coulanges fue un gran pensador francés que treinta años antes había escrito una obra memorable, La ciudad antigua, donde narra el surgimiento de la polis en Grecia y de la ciudad en Italia, es decir, de la ciudad mediterránea.

Pues, eso éramos nosotros. Estados-ciudad antiguos, que controlaban espacios gigantescos agroexportadores. Pero no industriales. Todo parecido con una sociedad industrial era una casualidad. Por eso yo llamo al Centenario de la Argentina, en el año 1910, “el canto del cisne de la ciudad antigua”. Era una ciudad anacrónica en sus bases, enormemente rica, sí, pero una riqueza que carecía de toda potencialidad porque todos los inventos eran de otros. Los inventos de la modernidad eran de otros. Acá, los grandes estancieros lo único que podían hacer era llevarse en el transatlántico una vaca para ordeñarla durante el viaje, para que la nena tuviera leche fresca. Y no podíamos exportar ninguna cosa con valor agregado suficiente. Ese era el fondo de la cosa. Con una gigantesca renta agraria comprábamos los objetos de la modernidad, teníamos la mímica de la modernidad, pero nada más que la mímica. Ese es el fondo de la cuestión.

Entonces hubo gente que se propuso convertir la mímica en realidad, y fue el surgimiento de las tres consignas básicas que yo intento sintetizar del nacional populismo latinoamericano, que se ha convertido en una palabra peyorativa de los sociólogos académicos, de los yankees o antes de los rusos. El “populismo” era decretado inferior. Pero es el único pensamiento importante que surgió en América Latina desde sí misma, y generó a Haya de la Torre en el Perú, a Vargas en Brasil, a Perón en Argentina, a Ibáñez en Chile, a Lázaro Cárdenas en México, a Rómulo Betancourt en Venezuela. Fue la primera oleada del nacional populismo en las viejas sociedades agrarias, cuya esencia era una ciudad antigua que domina el hinterland agrario que le rodea. Entonces, en realidad, es la República de Montevideo, no el Uruguay; es la República de Buenos Aires controlando el hinterland, un inmenso hinterland; y la República de Santiago de Chile, y así siguiendo. Donde las oligarquías controlaban todo. Bolívar los llamaba “los potentados que nos dividen”. Las ciudades potentadas del mundo agrario o minero exportador.

Entonces comienza la gran lucha por “democratizar”, que es la primera consigna del populismo. Pero para democratizar había que “industrializar”, porque las sociedades agrarias no daban ocupación y empleo a la multitud. Entonces había que industrializar, que es la segunda consigna del populismo. Pero para industrializar los mercados eran ridículos, chiquititos. Argentina, la Argentina que Perón lucha para industrializar entre 1945 y 1955, tenía diecisiete millones de habitantes. Y Ratzel había dicho, en el ´900: la Alemania de sesenta millones, superindustrial, ya no juega más el partido, porque no puede con Estados Unidos… Entonces, ¿qué íbamos a industrializar?

Se trataba entonces de crear un mercado de escala, y ahí aparece el tema de la unificación, que es la tercera consigna del populismo sudamericano. Entonces, para democratizar había que industrializar, o sea ciencia y tecnología, y para eso había que “integrar”. Esos temas centrales son de todo el nacional populismo naciente, la primera ola del nacional populismo, hecha todavía en los “países-parroquia”. Porque aunque añoran la integración, industrializan sustituyendo importaciones. Esto fue necesario, inevitable, pero a la vez la sustitución de importaciones se volvió un obstáculo a superar para la integración. Los microproteccionismos iban a dificultar el entendimiento con los países de al lado, y por último se iban a convertir en el gran freno de los intentos integradores de los años sesenta. De modo que nuestras naciones, Uruguay, Argentina, Perú, Venezuela, eran en realidad polis oligárquicas, ciudades antiguas que acotaron un gran espacio vacío, casi vacío, para el lobby agrario-minero-exportador. Y fuimos las últimas ciudades antiguas hasta la gran crisis mundial de 1929. No hubo antes ningún país con industrialización suficiente como para que esa industrialización incidiera en la vida del país hondamente. Eso empieza después de la crisis del ´29. Ahí empieza la gran lucha por la generación de la sociedad industrial. Pero entonces todos los líos de entrecasa también juegan su papel. Porque les digo que Raúl Prebisch propone en la CEPAL -o sea, a escala de América Latina- lo que Perón hizo en la Argentina. Pero Prebisch, como sus amigos los socialistas independientes, estuvieron contra Perón, y él se hizo antiperonista. Es decir, se colaron los asuntos de la aldea, porque en las esencias, Prebisch y Perón significan lo mismo. Era el efecto de la lucha por la industrialización argentina que repercutía en el conjunto de América Latina.

Pero Perón representó, dentro del populismo latinoamericano, un nuevo paso, totalmente distinto a lo anterior. Porque Perón, en 1951, busca la alianza de Argentina y Brasil, pensando que la unión debe comenzar con un núcleo básico de aglutinación. El decía, exactamente -permítanme que lo cite textualmente, de un librito sobre Perón que publiqué hace dos años-: “La unidad comienza por la unión, y ésta por la unificación de un núcleo básico de aglutinación”. Para él, la alianza argentino-brasileña era ese núcleo básico de aglutinación de América del Sur. O sea, da un salto enorme con relación a todo el latinoamericanismo anterior: señala el camino principal. El pobre Rodó nos dijo: en el horizonte está la Patria Grande; pero no dejó táctica, no dejó estrategia, sólo dejó el horizonte. Después otros fueron elaborando ese horizonte, y empezaron a corporizarlo en otras cosas, otros pensamientos, y de ahí surgen los nacional-populismos. Pero Perón es el primero que indica un camino a seguir, el primero que transforma eso en una política sudamericana. Porque si no hay discernimiento de lo principal y lo secundario, es decir, si no se descubre y propone el camino principal de acceso a lo que se busca, distinguiéndolo de los caminos secundarios -que puedan auxiliar al camino principal pero que no conducen a realizar lo que se propone- entonces se marcha a los tumbos. El camino constituye el alma de la realización del destino. Ese es el salto que logra dar Perón. El dice: el camino fundamental para los Estados Unidos de América del Sur -el usa simbólicamente “América Latina” y políticamente “América del Sur”, pero eso es otro punto que no voy a tocar ahora- es el entendimiento de la Argentina con Brasil y con Chile, para generar un poder bioceánico.

Perón apela a Ibáñez. Ibáñez, siendo presidente de Chile en 1928, había llamado a Alejandro Bunge, uno de los primeros argentinos que batalló por la industrialización, desde la Revista de Economía Argentina, fundada por él en 1918, y desde la cual proclamaba la necesidad de unificar el cono sur hispanoparlante a través de un pacto regional. Entonces Ibáñez lo llama en el ´28, porque quería hacer una unión aduanera -reparen en la fecha, ¡1928!- con Argentina y los países hispano-parlantes del sur, Bolivia, Paraguay y Uruguay. No con Brasil. O sea que Ibáñez era un hombre con antecedentes y se daba cuenta que Chile solo era muy poquita cosa. Y hoy, Chile, siendo el único exitoso de América del Sur, sigue siendo demasiado poquita cosa, porque todos somos muy poquita cosa. Yo lo sé hace muchos años, ustedes están aprendiéndolo recién ahora. Lo lamento. Pero Perón ya lo sabía hace cincuenta años. Yo lo aprendí de él, por eso estoy acá. Yo lo aprendí de él, pero la mayoría no lo aprendió de él, ésa es la verdad, y ahora, si no lo aprenden están fritos Ahora tienen que aprenderlo, porque ahora es como él lo previó: “unidos o dominados”. Si les gusta, bien, es un lío gordo, hay que pensarlo mucho y estructurar muchas cosas. Es una tarea ardua y difícil. ¡Ah sí!, las grandes tareas son arduas y difíciles; y nosotros estamos demasiado acostumbrados a la facilidad.

Siguiendo con la idea de Perón, la unificación tiene reglas y procedimientos. La Unión Europea no surge de la alianza entre Italia, Suecia y España, por poner un ejemplo. Eso podría ser una aventura simpática o un antecedente, pero la Unión se produce sólo cuando se unen Alemania y Francia, que son los países que destruyen dos veces a Europa entera. Esos sí pueden generarla, ésos son los únicos que la pueden unificar. Y eso lo percibieron Monet, Schuman, Adenauer, De Gasperi; todos ellos dijeron: se avanza en la unidad por el camino de la alianza franco-alemana, y sólo por ahí, porque ése es el camino principal. Y Perón descubrió que el camino de la unidad necesaria de América del Sur -no de la Argentina y Brasil, de América del Sur- era ése, y planteó ese camino. Puso la manzana para que se mordiera. Entonces ocurrió que él no pudo, porque los amigos del Norte actuaron de forma tal que generaron la resistencia a la idea. Hubo un discurso de Perón a los altos mandos, en septiembre de 1953, que se hizo célebre, porque fue publicado en Montevideo poco después por un exiliado argentino, “antiimperialista” él, bajo el título “El Imperialismo Argentino”. Ahí fue cuando yo lo conocí, y conocí estas ideas de Perón, que para mí fueron la revelación de su pensamiento, ¡y me embromé hasta hoy! Tuve por lo menos la fortuna de embromarme bien, pero esas ideas ¡en Uruguay!… No me pasó nada por indulgencia y pena de mis compatriotas.

Digamos entonces que ése es el “cortocircuito” básico de América del Sur. Y finalmente sucedió. Comenzó con Alfonsín y Sarney. Porque así es la historia: alguien que había estado en los comandos antiperonistas en 1955, en 1985 inicia lo que el otro anunció pero no pudo hacer. Porque la cuestión es que se diera el “cortocircuito”. Y luego vinieron Menem y Collor, y lo continuaron. Y sobre esto quiero dejarles un símbolo para recordar, porque se podría conversar muy largamente sobre el proceso, pero no nos daría el tiempo. Cuando a la señora Madeleine Albright, Secretaria de Estado del ex Presidente Clinton, la llaman al Senado y le preguntan ¿qué piensa del Mercosur?, esta señora responde -la Secretaria de Estado de los Estados Unidos-: “Fue una distracción”. ¿Cómo pudo suceder? Porque sucedió en el momento en que se cayó la Unión Soviética. Nada menos que el enemigo principal de los EEUU; y se armó una polvareda mundial, nadie sabía cómo iba a quedar el escenario cuando el polvo decantara. En esa desorientación circunstancial, en medio de esa polvareda, dos “loquitos” se le unen, y armaron una “pelota” distinta; cuando repararon en el hecho, ya estaba consumado. Y empezó a marchar.

Y aquí estamos. Les aclaro que no soy antinorteamericano; yo soy pro-unidad de América del Sur. Podríamos hablar sobre las diferencias en la historia de México, de América Central, de las Antillas, con la historia de América del Sur. Podríamos hablar mucho sobre esto. En su origen el norte era básicamente el Virreynato de México y toda la América del Sur española era el Virreynato del Perú. Nosotros fuimos peruanos hasta 1776, cosa que hemos olvidado prolijamente, a pesar que el Virreynato del Río de la Plata fue un suspiro. Entonces éramos todos peruanos, desde arriba hasta abajo.

En mi opinión se está produciendo el impasse definitivo del conjunto de primigenios países que nacen en el ciclo de la independencia de 1808 a 1830. Dentro de seis años vamos a empezar a recordar los doscientos años del proceso de la Independencia, iniciado por los Cabildos a partir de las Juntas de 1808. Fue un proceso que unificó todo. Ahora bien, esta recordación será, una vez más, la evocación de unos héroes que fueron todos perdedores. ¡Fantástico! Resulta que nuestros héroes son… ¡los que perdieron! Porque de lo que San Martín se propuso no sólo no salió nada, sino que él mismo se tuvo que ir lo más lejos posible. Fracasó. Le tuvo que dejar la posta a Simón Bolívar, y Bolívar termina en Santa Marta, enfermo, diciendo “Hemos perdido todo menos la Independencia”. O sea, con lo que termina el celebrado independizador de América del Sur es con el reconocimiento de la pérdida de las condiciones de la Independencia. La independencia es entonces una pseudo-independencia.

Mi opinión es que estamos asistiendo al comienzo de una nueva fase en la historia de América del Sur. Y deberíamos empezar por tratar de entender un poco mejor qué es América del Sur. Son dos mundos, el luso-mestizo y el hispano-mestizo. El luso-mestizo es un solo país. El hispano-mestizo son nueve países. Es importante saber las proporciones, porque la vida es un buen manejo de las proporciones: si uno tiene ideas desproporcionadas de los acontecimientos, le va a ir mal siempre. ¿Cuáles son las proporciones básicas de América del Sur? Ambos mundos, el luso-mestizo y el hispano-mestizo, tienen en conjunto recursos, población y extensión similares, pero uno es un solo país y el otro son nueve países. Esos nueve países ¿cómo se reparten? Hay cinco países “medianos” (Argentina, Colombia, Chile, Perú y Venezuela), y cuatro países “mínimos” (Bolivia -no por sus dimensiones sino por su PBI-, Ecuador, Paraguay y Uruguay). Pero entre los medianos hay diferencias: el más importante de los cinco en PBI, acumulación intelectual, un mundo de cosas, es la Argentina. La Argentina es equivalente, como poder virtual, hoy está desacompasado, pero si lo tomamos hace cuatro o cinco años, su poder es equivalente a la suma de Colombia, Chile, Perú y Venezuela. Es 1) Argentina, 2) Colombia, 3) Venezuela, 4) Chile, y 5) Perú. Todos los “mínimos” equivalen al último de los “medianos” que es el Perú. Ese es el conjunto y la proporcionalidad de América del Sur. El centro hispanoamericano es Lima, donde se encuentran San Martín que sube y Bolívar que baja. Lima fue el sitio unificador de todo el conjunto y luego fue el sitio donde la Independencia llegó a su culminación. En el norte, el país fundamental es el país que hoy tiene la guerra interna con la FARC, una guerrilla sobreviviente de la época del Che, y el narcotráfico. Es un mundo sobreviviente que estalla, en el país más importante del norte, que fuera la base de Simón Bolívar, ya que él era venezolano pero su base fue Colombia. De manera que el país más fuerte del norte, sucesor del Virreynato de Nueva Granada, está tan o más destruido que la Argentina ahora, que es el núcleo fundamental de la Hispanoamérica de América del Sur. Venezuela está debatiéndose con el golpe de Estado, Ecuador se ha dolarizado, de todas partes hay una emigración enorme. El Perú está en picada, Paraguay y Uruguay, “atrapados sin salida”. Estamos más mansos que ustedes, pero porque el país siente que como una especie de fatalidad va hacia el no ser. Ésa es la sensación que uno habla con el taxista, con el almacenero. En todos es: no hay futuro, no hay destino, nadie ve que haya más allá nada. Eso es el Uruguay hoy. En cierto sentido está escarmentado por las agitaciones de los años sesenta, en un país que no estaba acostumbrado a eso; agitaciones que terminaron en los Tupamaros y la dictadura militar. El bombero vino a apagar el incendio, pero luego se sentó en la sala y se quedó doce años comandando un país.

Es decir ¿en qué momento estamos? En el que todos colegimos que no hay solución para ninguno de nuestros países como solución solitaria. O sea que después de un largo periplo, volvemos a la situación en que se generó la Independencia. Los países hispano-sudamericanos no se independizaron por sí mismos. O debieron ser auxiliados desde más allá de sí, o tuvieron que ir más allá de sí para poder asegurar su independencia. Ninguno se quedó solo en su casa y dijo “soy independiente”, y se terminó el partido. Eso sólo ocurrió en México, en Brasil y en América Central. Las Provincias Unidas de América Central, en 1824 se declaran independientes y bastó, aunque luego se dividirían. Bolívar perdió la primera insurrección de Venezuela, recomenzó la batalla en Colombia, y desde Colombia liberó Venezuela. Y desde el sur pasa lo mismo. Argentina es el fragmento mayor de la descomposición que resulta de la Independencia hispanoamericana, pero en el proceso independentista fue parte de la unidad sudamericana. Cuando Sucre culmina la campaña libertadora del Alto Perú, se dirige a Rivadavia para hacerle entrega del territorio, como parte integrante del antiguo Virreynato, pero Rivadavia le dice que no, no la quiere, y Bolívar queda atónito. Era la oligarquía porteña, el alto comercio porteño, que quería que su moneda desplazara y dominara a la moneda de todas las provincias del norte, que era la moneda de plata del Potosí. ¡Así fueron las cosas!

Entonces para ser independientes, como el núcleo militar de España en Sudamérica estaba en el Alto Perú y en el Perú, había que derrotarlos allí, y ése es el sentido de la campaña de San Martín. Y el Congreso de Tucumán, no declara la Independencia de la Argentina, sino la Independencia de América del Sur. Y San Martín libera a Chile, y O’Higgins apoya la campaña a Lima, y argentinos y chilenos van al Perú. En el manifiesto que San Martín dirige a los peruanos, les dice: queremos la independencia del Perú como hemos querido la independencia de Chile, para que la República de Chile y la República del Perú se unan con las Provincias Unidas del Río de la Plata, para formar una sola Confederación hasta Lima. Pero los unitarios le cortaron los víveres, y tuvo que dejarle el camino a Bolívar porque ya no tenía el apoyo de Buenos Aires, del alto comercio porteño, que era la importación inglesa.

Ahora bien, ¿en qué terminó todo eso? Cuando yo aun tenía pantalones cortos, en un festejo de la Independencia del Uruguay, el 25 de Agosto, yo había leído la Declaración de la Florida, y le digo a mi papá: “¿Cómo se festeja la Independencia si en realidad se declara la anexión a la Argentina?” Y mi papá, muy sorprendido me dice “¿Cómo, estás loco?”. Y yo le contesto, “¡Pero si es así! La Declaración dice: Artículo 1: Declara írritos, nulos, y de ningún valor para siempre, todos los actos de incorporación, etc. Artículo 2: En consecuencia… se declara de hecho y de derecho libre e independiente del Rey de Portugal, del Emperador del Brasil y de cualquier otro del Universo, etc. Y a continuación de esta Declaración, el primer Decreto que produce el Congreso, afirma: “Queda la Provincia Oriental del Río de la Plata unida a las demás de este nombre en el Territorio de Sudamérica, por ser la libre y espontánea voluntad de los pueblos que la componen…” Entonces, concluía yo, no es la “Independencia” del Uruguay lo que declaró el Congreso de la Florida, ¡es la unidad con las Provincias Unidas! Mi padre se enojó y concluyó: “Sos muy chico, no entendés nada”. Yo quedé tan perplejo que creo que ahí decidí hacerme historiador… Porque me decía, ¡aquí hay un gato encerrado bárbaro! ¡Esto es un sancocho que no se sabe lo que es! Y así era. Cuando se emplazó en 1880 el monumento a Artigas que está en la Plaza Independencia de Montevideo, en el Senado del Uruguay hubo una discusión tremenda acerca de cuál era el papel que había jugado Artigas en nuestra historia, y no hubo acuerdo ¿Era el Precursor? ¿Era el fundador de la nacionalidad? Unos decían que sí, otros decían que no. Bueno, allí está el resultado: en todos los monumentos se pone una placa que alude al carácter y a la razón del homenaje: fundador de tal cosa, descubridor de tal otra, triunfador en tal batalla. Pero el monumento en la Plaza Independencia dice: “Artigas”. ¡Que cada cual interprete lo que quiera! Porque cuando el Gobierno de la República Oriental del Uruguay envía una delegación al Paraguay para solicitarle que regrese, Artigas responde: “Yo ya no tengo Patria”. Porque su Patria eran las Provincias Unidas del Río de la Plata, ésa era su lucha, él había fundado el Partido Federal de las Provincias Unidas del Río de la Plata. El no quería una provincita que dijera “soy una República sola”.

Vuelvo entonces a la idea central: el rasgo común de nuestra Independencia en Sudamérica, en ese proceso que va de 1810 a 1830, es que se produce todo en conjunto, todos tuvimos que ir más allá de sí, o recibir desde más allá de sí, para alcanzar el poder para ser independientes. Y esto es lo que se nos repite ahora. Ahora estamos sintiendo la impotencia de los fragmentos que resultaron, del enanaje que resultó. Ese es el nudo. Entonces esto es lo que me parece más importante hoy. Algo que hemos conversado con amigos en América Latina por años. Para todos esos amigos, en Perú, en Paraguay, en Bolivia, en Chile, sabemos que sin la Argentina no podemos hacer nada. Todo el sur sin la Argentina no puede hacer nada. Pero también les digo, Argentina sin todos nosotros no puede hacer nada, y Argentina sin Brasil no puede hacer nada, y Brasil sin Argentina queda aislado.

Pero esto no sólo lo sabemos nosotros. Entonces, cuando el Fondo Monetario Internacional prolonga la agonía de la economía argentina ¿por qué lo hace? Pero ¿acaso no sabemos qué poderes dirigen el Fondo? ¿Y por qué hay intereses que empujan y aprovechan esta situación? Porque quieren cortar esta alianza nueva y potencial que emerge desde 1991, que es la alianza argentino-brasileña. ¿Por qué? ¡Porque es el “cortocircuito” fundamental de la unidad de la América del Sur! Si eso se interrumpe, ¡adiós Unión Sudamericana! Porque sería como haber interrumpido el “cortocircuito” franco-alemán en Europa: adios Unión Europea. Porque ¿con quién se puede aliar Brasil? Aliarse con la Argentina es virtualmente aliarse con el resto. Mientras que si se alía con Ecuador, ¿qué significa eso? ¿O con Uruguay? El asunto es la alianza de lo fundamental, y la alianza del Brasil con la Argentina es la alianza entre lo más importante del mundo sudamericano. Y si no, Brasil queda aislado; y pueden pasarle muchas cosas, en la Amazonia, etc. etc. Yo no pienso esto porque haya una suerte de “alevosía” norteamericana, no; pienso simplemente que ellos se sienten más tranquilos si en Sudamérica no se forma ningún centro de poder. Y el único centro de poder serio en Sudamérica lo puede constituir una alianza argentino-brasileña, porque nos arrastra a todos irremediablemente. Pero eso Argentina tiene que saberlo; si Argentina juega el partido como hasta ahora, sola, ¡Argentina está equivocada! ¡Su juego es mucho más amplio, es mucho más rico! Si insisten en actuar con las categorías de lo que se termina, de lo que ya no tuvo éxito, no tienen ningún destino. Tienen que asumir el pasaje que Perón llamaba del estado-nación al estado continental. Lamentablemente eso no se hace en un baile ¡no! ¡Es un gran lío! Los pasajes importantes son grandes líos. ¿O qué queremos? ¿Lujo, regalos? Recuerdo que un mes antes del corralito, leí en La Nación un artículo de un señor, creo que era la mano derecha de Cavallo, donde decía “No queremos nada con el Mercosur, porque eso es poca cosa. Tenemos que aliarnos con los ricos, con Europa y con Estados Unidos”. Y yo decía ¿pero este señor piensa que los ricos están interesados en aliarse con él? ¡Qué iluso! ¡Un superenano aliado de los ricos! ¿Que mamarracho es éste? Decir este tipo de cosas es un síntoma grave, es una muestra de cómo está la Argentina, porque hay cosas que no resisten al más elemental sentido común.

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