EL DESAFÍO DE LA INTEGRACIÓN ANTE EL BICENTENARIO DE LA INDEPENDENCIA

Humberto Podetti

Abogado, egresado de la Universidad de Buenos Aires, con un postgrado en la Universidad Católica Argentina. Se ha especializado en Integración latinoamericana, Derecho de la Energía y Derecho Civil latinoamericano. Es miembro fundador del Instituto de Integración Latinoamericana de la Universidad Nacional de Cuyo, del Foro San Martín y del Foro Permanente de Juristas y Asociaciones de Derecho Comparado del MERCOSUR y miembro de la Asociación Argentina de Derecho Comparado, del Corredor de las Ideas del Cono Sur e Invitado de Honor de la Universidad Nacional de Cuyo. Ha sido Director y Profesor de Postgrado en la Universidad de Buenos Aires y Director de Proyectos del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo. Ha dado conferencias sobre temas de su especialidad en Universidades argentinas y de América del Sur. Ha publicado libros y artículos sobre temas jurídicos, y sobre integración latinoamericana.

 

1 – Las cuestiones pendientes del proyecto independentista

La celebración del tiempo es constituyente de sentido[1], particularmente cuando lo que se celebra asocia un hito significativo de la historia con el origen y con el futuro. También es un desafío y una oportunidad cuando corresponde a un espacio como el de nuestra América, en el que el sueño y el empeño por alcanzar una sociedad humana de dignidad y justicia siempre constituyeron ejes del pensamiento, la inspiración revolucionaria y la acción política y social.

La celebración del bicentenario de la Independencia de nuestra América (porque en la de las Provincias Unidas del Río de la Plata estarán presentes las de nuestras patrias hermanas) nos encuentra, además, ante una disyuntiva dramática: reunirnos definitivamente o desaparecer como pueblos y naciones. Y reunirnos para persistir en el esfuerzo, a veces combate, a veces proyecto, siempre trabajo incansable, de construir una sociedad incluyente y equitativa. La alternativa es ser definitivamente dominados, convertidos, como señala Jaguaribe, en meros segmentos indiferenciados del mercado global[2].

La formación de un estado continental, tan soberano como fuese posible y el desarrollo de una sociedad integrada y justa, constituyeron, precisamente, los propósitos del Proyecto Independentista. Su originalidad y su humanismo lo muestran como un Proyecto a un mismo tiempo identitario y modernizador[3] respecto de la situación del mundo de su tiempo y particularmente de la Europa que preparaba el Congreso de Viena, planificaba las guerras del opio en China, imaginaba la hegemonía global y que proponiéndose la paz en su continente para consolidar un mercado regional, concluyó a mediados del siglo XX cerrando una de las épocas de mayor violencia y destrucción de la historia universal[4]. Identitario por cuanto se afirmaba en lo que ya éramos para ese entonces, un pueblo nuevo emergente, el más joven de la historia y a un mismo tiempo con una genealogía antiquísima, heredera de todas las genealogías del mundo. Modernizador porque proyectaba una sociedad más avanzada que sus contemporáneas de la China imperial, la India de las castas o la Europa de la Santa Alianza. Identitario y modernizador simultáneamente porque, como señala Biagini[5], “además de representar un genuino reconocimiento de la mismidad y la alteridad, de la tradición y la continuidad junto con la ruptura y el cambio, la identidad apunta también a la introducción de mejoras graduales o estructurales en las condiciones de vida, a la toma de conciencia nacional y a las realizaciones sociales”.

El Proyecto independentista es también un puente que reúne, incluyéndolas indisolublemente, las muchas partes de la historia de nuestra América, desde quienes llegaron por primera vez a América hace cuarenta mil años hasta los albores del siglo XIX. Es decir, es un proyecto americano -ni indígena, ni español, ni portugués, ni africano[6]-, la primera articulación política continental del pueblo nuevo, de la raza cósmica.

Por eso, con toda la riqueza y los dolores de la historia posterior, el bicentenario exige una celebración concreta: avanzar definitivamente en el proceso de reunificación de América y hacerlo desde un programa de justicia social y desarrollo solidario.

El desafío requiere asumirnos integralmente, sin mutilar ninguna de nuestras partes y culturas constituyentes, crear el Partido de la Unión, como un vasto movimiento político y social americano, que se proponga saltar todos los obstáculos necesarios para consolidar el proceso de integración y reconocer como un hecho trascendente la constitución de la Comunidad Sudamericana de Naciones. También incluir explícitamente en el vínculo cultural y civilizatorio, a todos los indoiberoafroamericanos, estén en el lugar del mundo donde estén, y particularmente a los cientos de miles de compatriotas movilizados en Estados Unidos el 1 de mayo de 2006 en una jornada que, como la primera movilización del pueblo polaco que dio nacimiento al Movimiento Solidaridad o las marchas y concentraciones del pueblo chino que culminaron en la Plaza Tian An Men, augura nuevos tiempos en el mundo.

2 – La América indoiberoafroamericana como civilización emergente (transculturidad, novedad, originalidad)

Dar pasos concretos y eficaces en ambas direcciones del proyecto independentista requiere algunos puntos de partida, entre los cuales analizo tres que considero esenciales: reconocernos como civilización emergente, integrar nuestra historia y recuperar a cabalidad la lengua como instrumento integrador y civilizatorio.

2.a Civilización y conciencia

El primero y tal vez el más decisivo de los presupuestos de la continuación del proyecto independentista en la realización de la unidad continental y la justicia social, es la conciencia de nuestra América como civilización emergente[7]. Es decir, aceptar todas sus partes constituyentes en el largo, rico y doloroso proceso que le dio nacimiento y simultáneamente aceptar que el resultado es diferente de los componentes originarios, constituyéndose en la negación más contundente del racismo, precisamente por ser el fruto de una práctica personal y social que lo rechaza[8]. Ese resultado, aún inconcluso, es enormemente heterogéneo y la heterogeneidad, que lo identifica y lo califica, es una de sus principales riquezas. El proceso que le dio origen continúa desarrollándose porque la exclusión, la discriminación y la negación de lo que es diferente, de lo que se oprime, de lo que se excluye de los derechos, del conocimiento y de los bienes, se manifiestan en todas nuestras sociedades y respecto de gentes de todos los orígenes. Aún está muy lejos de su realización el proyecto independentista de una sociedad integrada y justa. Los excluidos son de todas las etnias y naciones y todos constituyen la esencia del pueblo nuevo.

En esos términos es preciso pensar la exclusión social, la negación cultural y la marginación de la participación política o económica, porque sólo así es posible planificar y construir una sociedad verdaderamente justa e integrada. Por el contrario, pensar la exclusión y la marginación en términos de raza o cultura o exclusivamente en términos sociales, sólo segrega entre los excluidos.

También es imprescindible tener conciencia de que una sociedad integrada y justa sólo es realizable si conformamos una masa considerable de poder político y económico, mediante la integración de nuestras patrias hermanas[9]. En consecuencia, pensar la exclusión y la marginación como problemas diferentes de la integración de nuestra América en un estado continental es tanto como relegarlas a la categoría de problemas insolubles, frente a los cuáles sólo cabe la resignación.

Otro aspecto de este primer presupuesto requiere ser capaces de pensar el proceso –origen y futuro- desde nosotros mismos, sin descartar el valor de los aportes del pensamiento de otras provincias del mundo, pero siendo capaces de revisarlos críticamente, como enseña Argumedo[10]. Eso implica ser capaces de pensar de modo independiente y crítico respecto de todas las escuelas de pensamiento y de todas las ramas del conocimiento. Y en particular, no aceptar estructuras de pensamiento o categorías que directa o indirectamente admitan el egoísmo como fundamento valioso de la sociedad humana o cualquier forma de pretendida superioridad de unos hombres sobre otros, de cualquier naturaleza que fuere.

2.b Reconstruir nuestro relato e integrarlo

Un segundo punto de partida es reconstruir el relato de nuestra Historia, e integrar todas sus partes. América no tuvo habitantes originarios, “todos llegamos de otra parte”[11] y lo que nos diferencia es la prelación en la llegada, el tipo de sociedad y estado constituidos y la cultura o civilización desarrolladas. También la conducta respecto de los que habían llegado primero.

Nuestra historia comenzó cuando los primeros hombres cruzaron el estrecho de Bering congelado, iniciando una larga marcha hacia el sur o llegaron en embarcaciones a nuestras costas y comenzaron a marchar tierra adentro. Con el tiempo nuestros antepasados desarrollaron formidables culturas y civilizaciones, cuya antigüedad corre hacia atrás a medida que los estudios arqueológicos se desarrollan. Es interesante recordar brevemente algunas de las características comunes a su desarrollo cultural, a su organización social, política y económica y a su concepción del trabajo, sintetizando los valores compartidos, porque todas ellas están en nuestra memoria colectiva y constituyen partes trascendentes del pasado de nuestro futuro.

Varios de nuestros pueblos desarrollaron sistemas elementales de escritura y una rica literatura[12], complejas religiones, crearon formas asombrosas de arte de la más diversa naturaleza[13], reflexionaron sobre sí mismos, la naturaleza y Dios, se interrogaron acerca del sentido de la vida[14], desarrollaron conocimientos científicos, particularmente astronómicos, matemáticos, urbanísticos, de ingeniería, hidráulica, metalurgia, textilería, arquitectura y medicina. También midieron el tiempo, creando un calendario más preciso que sus contemporáneos de otros lugares del mundo y tuvieron educación obligatoria mucho antes que otras provincias del mundo. En cuanto a su organización social y política, la sociedad humana formaba para ellos parte indiferenciada de la naturaleza y del cosmos. El poder y el derecho eran de origen divino y sus estados eran teocráticos. El trabajo, era considerado un socio del conocimiento y del comportamiento social[15], fuente de autoridad y asociativo (familiar, comunitario o público). También intercultural, mediante la institución de los enclaves en territorios de otros pueblos, negación rotunda de las fronteras. Trabajar era una obligación y un derecho social fundado en la reciprocidad y en la solidaridad, como en el caso de la mita andina, que aún todavía se practica desde Perú a la isla de Chiloé.

El descubrimiento recíproco[16] entre América y España y Portugal fue tal vez la más grande de las transformaciones sufridas en nuestra Historia por la llegada de nuevos pueblos.

Los reinos ibéricos eran los menos europeos de Europa por un sinnúmero de razones que huelga repetir (la ocupación árabe y la reconquista; la militarización de los feudos y la militarización del pueblo como gérmenes de la participación popular en el poder; el mosaico jurídico del derecho público visigodo, romano y arábigo, el derecho de las ciudades, con las cortes y cabildos y un derecho privado en el que las nociones de contrato y propiedad privada eran sólo un capítulo y no el eje central). La unificación de varios pueblos, varias lenguas, varios reinos con eje en Castilla, Aragón y Portugal confirió una característica original y de algún modo semejante a la de América al momento del encuentro[17]. La herencia griega, fenicia, judía, católica, latina y el helenismo arábigo fueron también ingredientes diferenciadores. Ese conglomerado de elementos de la más diversa naturaleza produjo claroscuros notorios: la inquisición y la expulsión de los judíos versus el fermento libertario y justiciero. Y dio nacimiento a dos Españas, una que albergaba sueños de dominación y la otra que vivía sueños de liberación. Estos elementos se mezclaron en un espíritu que fue amenaza y promesa a un mismo tiempo y ese espíritu dual fue el que vino a América.

El choque-encuentro de dos mundos, el americano y el ibérico –que no simplemente europeo insistimos- y particularmente sus consecuencias fueron posibles por la guerra civil andina, la existencia de pueblos sojuzgados en mesoamérica y el proceso de reconquista del territorio ibérico por los habitantes más antiguos, luego de la ocupación y florecimiento cultural árabe, proceso que formó diez millones de cuadros políticos, militares, intelectuales, religiosos, etc. Sus consecuencias fueron dramáticas: el martirologio de personas, pueblos y culturas (somos herederos de los mártires y de los que lucharon junto a ellos y no de los verdugos), pero también el mestizaje, el encuentro de la utopía ibérica y la utopía indígena, el nacimiento de la antropología, los derechos humanos y un orden jurídico mestizo y revolucionario aunque resistido[18]. En definitiva, el nacimiento de un mundo nuevo y de la historia universal, bajo un signo contradictorio que incluye una promesa aún no cumplida pero que continúa siendo propósito de millones de americanos: la construcción de una sociedad dónde todos los hombres puedan vivir dignamente.

La América de ese largo proceso elaboró un derecho singular, fruto de la reacción de la escuela salmantina frente a las crueldades de la conquista y del encuentro con los derechos indígenas, que fue nuestro primer derecho común[19]. Su anticipación a muchas ideas jurídicas modernas sorprende aún hoy: el mundo como una comunidad de naciones iguales, la soberanía popular como fuente del poder (cuando el resto del mundo, inclusive América indígena, sostenía el origen divino del poder), el federalismo como respeto de la soberanía de las regiones en una Nación integrada, la utopía indígena/indiana como búsqueda pero sobre todo como realización de una sociedad mejor[20], el derecho a acceder a la propiedad como proyecto de una comunidad de “todos propietarios”, entre otros muchos principios. Todavía quedan en nuestro derecho latinoamericano contemporáneo muchas de esas raíces, que sólo es necesario reverdecer en el proceso de la conformación de un nuevo derecho común en el marco del proceso de integración para que den nuevos frutos en nuestra emergencia civilizatoria.

2.c La lengua

El tercer presupuesto es el reconocimiento de la naturaleza y la trascendencia de la lengua como instrumento del proceso de integración y de la presencia en el mundo. Nuestra América habla en común castellano y portugués pero también cientos de lenguas indígenas y otras lenguas europeas y asiáticas. El castellano y el portugués que hablamos son americanos, desde que la cantidad de vocablos creados en nuestra tierra equipara hoy a los traídos de Iberia. Ambas lenguas son mucho más que las lenguas francas de un continente multilingüístico. Como señaló García Márquez, en el Primer Congreso de la Lengua en 1997: “la lengua española tiene que prepararse para un oficio grande en ese porvenir sin fronteras. Es un derecho histórico. No por su prepotencia económica, como otras lenguas hasta hoy, sino por su vitalidad, su dinámica creativa, su vasta experiencia cultural, su rapidez y su fuerza de expansión, en un ámbito propio de 19 millones de km2 y 400 millones de hablantes”.

Las elecciones acerca de la lengua que hicieron Bernardino de Sahagún en 1590 y José María Arguedas más de cuatrocientos cincuenta años después señalan la trasformación del castellano de idioma de un pueblo recién llegado en lengua de un continente y de una civilización naciente. Sahagún optó por alfabetizar el náhuatl y lo eligió por sobre su castellano materno para escribir su Historia general de las cosas de Nueva España. Fue un acto de amor por el pueblo conquistado y de admiración por su cultura y sus valores. José María Arguedas optó por el castellano, abandonando su quechua materno, para escribir sus magníficas novelas, anunciando y fundando su decisión en un verdadero manifiesto acerca de América: La novela y el problema de la expresión literaria en el Perú. Fue un acto de amor por el pueblo nuevo y de afirmación de una cultura indómita en un continente que perseguiría siempre ser sí mismo.

El castellano y el portugués son las lenguas de la reunificación de nuestra América y también las del vínculo con los indoiberoafroamericanos diseminados por el mundo, porque son las lenguas en las que se expresa con toda su originalidad la civilización emergente[21].

Simultáneamente con este punto de partida, es preciso afirmar y preservar toda la riqueza lingüística de América en sus cientos de lenguas indígenas porque ellas son herramientas de la diversidad cultural, tan valiosa como la diversidad biológica para la construcción del futuro. Tal vez la defensa de nuestras lenguas indígenas y las culturas que le dieron origen, sea el modo más claro de excluir definitivamente la idea de la homogeneidad como requisito para la construcción de una Nación o un Estado continental, porque todos somos diferentes, únicos, aunque nuestra mejor expresión de humanidad sea el reconocimiento del otro, la transformación de la proximidad en projimidad[22], la concepción y realización de un proyecto que nos incluye no sólo respetando, sino a partir de esas diferencias.

Desde otro punto de vista, la lengua también es un factor esencial en la construcción de la identidad de los pueblos en la globalización. Uno de los cambios más significativos producidos por la globalización es la pérdida paulatina de posibilidades de gestación de la identidad o del proyecto común por adhesión o pertenencia. Esa gestación hoy requiere la interacción intensiva con los demás, la culminación de ese proceso que es la matriz de nuestra América, y la lengua es uno de sus instrumentos esenciales.

3 – Nuestra América en el mundo (las migraciones)

Algunos fenómenos singulares que ha producido o incrementado la globalización, como la crisis de la territorialidad y el cuestionamiento multitudinario de las fronteras[23] deben bastar para llamar la atención acerca de la extendida aunque descuidada presencia de Nuestra América en algunas otras provincias del mundo.

Los europeos y los norteamericanos de muchas generaciones han disminuido fuertemente su crecimiento vegetativo, renunciando a la maternidad y a la paternidad. También han abandonado cierto número de trabajos por considerarlos indignos, riesgosos o demasiado esforzados. Una consecuencia europea de ese proceso es el envejecimiento de la sociedad, que ha puesto al borde del colapso su sistema previsional. Una consecuencia norteamericana ha sido que dispuestos a celebrar el nacimiento del ciudadano trescientos millones, a la hora establecida nacieran dos hijos de latinoamericanos y dos hijos de asiáticos.

Europa y Estados Unidos necesitan jóvenes de otras provincias del mundo. Y los jóvenes de esas provincias están dispuestos a migrar para lograr mejores condiciones de vida. Estos europeos y norteamericanos recientes, cuya cultura de origen es latinoamericana, asiática o africana tienen un crecimiento vegetativo altamente positivo, porque tienen mejores condiciones de vida que en sus patrias de origen. Pero principalmente porque, a diferencia de los migrantes de otros tiempos de la historia humana, conservan su lengua, su cultura, su pertenencia a sus familias y lugares de nacimiento y crianza. Internet les permite una comunicación frecuente entre ellos y al menos con alguien de los suyos o de su pueblo y también enviar tres mil billones de dólares anualmente a sus familias[24].

Es decir que desde el punto de vista cultural y desde el punto de vista del ahorro, los jóvenes europeos y norteamericanos no son europeos ni norteamericanos y los antiguos europeos y norteamericanos les hacen sentir su extranjeridad con todo el peso de su control del sistema de poder, mediante discriminaciones sutiles o violentas[25].

Las razones por las que son discriminados y excluidos son precisamente aquellas por las que debemos estar orgullosos de ellos y saberlos formando parte indisoluble de nuestra América, migrantes que han llevado nuestra cultura y la emergencia de nuestra civilización a otras latitudes. Incluirlos en nuestro diálogo académico, cultural, político social y económico es imprescindible. Las redes intelectuales que constituyen una tradición en América Latina y que Devés Valdés[26] promueve con tanto entusiasmo, constituyen una herramienta por demás eficaz, sumada a internet, que como ya hemos señalado, ha cumplido un singular papel en las movilizaciones y en la preservación de los vínculos familiares, sociales y culturales de los migrantes con sus familias y sociedades de origen.

El proceso de inclusión explícita de los indoiberoafroamericanos que viven en otras provincias del mundo tiene un aliado de enorme importancia en la conciencia que ellos han adquirido de su singularidad y de su pertenencia a nuestra civilización emergente como reacción frente a la discriminación, la criminalización o, simplemente, la explotación y la exclusión. Esto ha ocurrido en Europa y en Estados Unidos contemporáneamente pero su ejemplo más claro es la movilización del 1 de mayo de 2006 en casi todas las ciudades de Estados Unidos. Como señaló Susan Gzesch, Directora del Programa de Derechos Humanos de la Universidad de Chicago, “…fue lo invisible haciéndose visible… decenas de miles se presentaron en el centro de Chicago y convirtieron la Plaza Federal en el Zócalo…”.

4 – La Comunidad Sudamericana de Naciones

La fundación en la ciudad de Cuzco de la Comunidad Sudamericana de Naciones ha sido un paso significativo del proceso de reunificación de nuestra América y como tal es preciso reconocerlo y celebrarlo. Ello no implica desconocer que existen proyectos específicos de los actores de la sociedad global del mercado respecto de ella, del mismo modo que los ha habido para la Unión Europea, desvirtuando muchos de los objetivos originales del proceso de integración –lo que originó el voto negativo holandés y francés al Tratado Constitucional europeo sometido a plebiscito-. Pero la existencia de esos proyectos sólo puede estimular nuestra participación en los debates, discusiones y decisiones respecto del sentido y el destino de la recién fundada Comunidad, dentro de ella y a favor de su despliegue y riqueza.

Sin relegar la importancia de la economía en el desarrollo y crecimiento de nuestros pueblos, no podemos dejar a los actores del mercado la planificación o la orientación de la Comunidad y muy por el contrario debemos trabajar para que sean los restantes actores sociales los que asuman esas responsabilidades. Pero para ello es imprescindible la participación en el seno de la Comunidad, en sus organismos, en sus conferencias y congresos.

Un caso es el desarrollo de la infraestructura imprescindible para nuestro desarrollo económico y social. La creación, en el marco de la Comunidad Sudamericana de Naciones, de la Comunidad del Agua y la Energía[27], garantizará, por ejemplo, la administración por nuestros pueblos de recursos esenciales, su aprovechamiento racional y la negociación adecuada con los actores del mercado global, como ha ocurrido recientemente con los hidrocarburos en Bolivia por la gestión de Evo Morales.

En cada uno de los campos o áreas de la Comunidad debemos construir la oportunidad y la posibilidad de que toda la sociedad participe y ello comienza por admitir que la Fundación ha sido un triunfo de la causa del proyecto independentista y de los movimientos populares que lo continuaron en nuestra América.

5 – Integración o desaparición

En los párrafos iniciales de este trabajo he sostenido que la disyuntiva que enfrentamos es integración o desaparición. Porque convertirnos definitivamente en plaza o mercado de la sociedad global es un equivalente de la desaparición. En este último capítulo voy a detenerme en esa disyuntiva, presentando los aspectos más críticos de la globalización y la única respuesta posible, la de obtener, mediante la integración de nuestras naciones, un poder suficiente para reconstruir espacios y tiempos de sentido en Nuestra América, retomando el proyecto independentista.

5.a – La globalización como crisis[28]

El mundo contemporáneo se distingue de otros tiempos de la historia humana por el desarrollo de una sociedad global de mercado, que concentra en una pequeña porción de la población mundial la mayor parte de los bienes y el poder. En ella el tiempo tiene preponderancia sobre el espacio, con el consiguiente desplazamiento del escenario de la competencia por el poder y los bienes y la reducción de la libertad, desde que es realmente libre sólo quien puede moverse o mover sus bienes reales o simbólicos, de un lado a otro del planeta. En estas condiciones, la

globalización es probablemente sólo un período en el que las sociedades redefinen o resignan sus relaciones en el tiempo y en el espacio[29]. Es decir, una situación breve y frágil, aunque supone una crisis de graves y vastas proporciones, cuyos efectos probablemente perduren en la sociedad humana.

Entre sus múltiples causas debe destacarse la aparición vertiginosa de nuevos actores mundiales, que intervienen en todos los escenarios de la vida humana sobre la tierra. Estos actores son la culminación del proceso que concibió como principal actividad del hombre a la producción e intercambio de bienes y la proyectó como una actividad de expansión y progreso continuo[30], cuya lógica le imponía no tener límites. La sociedad global de mercado es el triunfo de ese proyecto. Algunas de sus características, tanto como pueden inaugurar tiempos aún más obscuros, abren posibilidades originales al desarrollo humano: la facilitación e intensificación del diálogo entre las culturas sobre la base de su recíproco respeto puede encontrar el fundamento de una nueva normatividad universal, que restituya al centro al hombre, a todos los hombres y a cada uno en particular. La razón que puede impulsar a los pueblos en este camino es la voluntad personal y social de supervivencia.

En tanto crisis, la globalización es probablemente la más extendida y la más profunda de la historia: a) el hombre no sólo ha sido convertido en objeto sino también en producto susceptible de ser fabricado como cualquier otro producto; b) la sociedad humana se ha partido globalmente en dos: los incluidos (en el acceso al conocimiento, a los bienes, a la capacidad de decisión política o económica, etc. ) y los excluidos (del trabajo, de la propiedad, de la educación, de la salud, etc.), que son la mayor parte de la población del mundo; c) el conocimiento ha sido enajenado de su fin, la búsqueda de la verdad y empeñado en la persecución urgente de lo útil; d) las diversas culturas humanas han sido puestas en duda por un pensamiento único, raquítico y pretendidamente global; e) la normatividad de cualquier naturaleza es despreciada e incumplida, en particular la normatividad ética, lo que reduce crecientemente la libertad y la responsabilidad.

Pero además, como su característica más amenazante, la globalización es pérdida general del sentido de la sociedad humana[31], un abandono a un presente constante, una angustiante omisión del porvenir, una imposibilidad creciente de proyectar el futuro. La sociedad global de mercado es incapaz de dar sentido, porque todo lo que puede proporcionar sentido está fuera del mercado. El mercado se limita a proporcionar los medios para sostener lo que otorga sentido a la vida humana: el amor, la solidaridad, la paternidad y la maternidad, el conocimiento, la justicia, el arte, la espiritualidad, la cultura, la libertad, la responsabilidad.

Contradictoriamente, a medida que más conoce la falta de sentido de la realidad que lo circunda y del mundo y más se conoce a sí mismo, el hombre siente más urgente el interrogante sobre el sentido de la vida personal y social[32]. Por ello, la conciencia de la carencia de sentido provocada por la globalización es el gran motor de la autodestrucción, al borrar los límites morales y simultáneamente el estímulo y la incitación a la superación de la crisis, mediante la creación de nuevos espacios de sentido. De un modo semejante al que describe Toynbee[33] cuando analiza las desintegraciones de las civilizaciones, la globalización genera fracturas en el cuerpo social y en el alma que fundan dos pares de respuestas antagónicas en la conducta humana: frente a sí mismo, la alternativa entre el abandono y el autocontrol y frente a los demás, la disyuntiva entre la deserción y el compromiso.

Pero a un mismo tiempo se crean condiciones que favorecen, tal vez como nunca antes, los procesos de integración.

5.b – La integración como respuesta

La dimensión de la crisis como así el tamaño, poder, movilidad y presencia global de sus agentes hace impensable la posibilidad de superarla sin la formación de bloques regionales[34], capaces de generar nuevos espacios de sentido personal y social y bajo cuya mediación sea posible participar en la redefinición de cada una de las sociedades humanas. Por ello el proceso de integración de naciones debe ser planificado y en ningún caso las motivaciones del comercio interno y externo del bloque deben constituir su eje. Por el contrario, la integración reclama una política cultural y educativa que salvaguarde la diversidad cultural y desarrolle y retenga el conocimiento y reconstruya la historia común fragmentada, una política social capaz de hacer retroceder la disgregación interna y restablezca la justicia, una política industrial, esencialmente preocupada por la preservación de la naturaleza y porque sus beneficios se distribuyan homogéneamente y principalmente de una política internacional cuyo objeto sea incrementar la capacidad de decisión interna y externa de sus órganos y de los órganos de los estados parte, de modo de incrementar nuestro poder de defensa y negociación en el mundo, asociándonos con los muchos otros pueblos, naciones y bloques, que hoy persiguen los mismos fines. Esas políticas en común permitirán proponernos un futuro, bajo la forma de un proyecto continental.


[1] Juan Pablo II, Tertio millennio adveniente, par. 10.

[2] Helio Jaguaribe, Integración o dependencia, Conferencia en el Foro San Martín, 2004 y Argentina, Brasil y el mundo ante el siglo XXI, Conferencia en la Universidad Nacional de La Plata, 2005.

[3] Eduardo Devés Valdés, El pensamiento latinoamericano en el siglo XX. Entre la modernización y la identidad, Biblos, Buenos Aires, 2001 (T I), 2003 (T II), 2004 (T III). Utilizo las denominaciones con las que Devés ha caracterizado las dos grandes corrientes del pensamiento latinoamericano que identifica en el siglo XX, en primer lugar porque refieren un debate que no ha concluido y que, como él señala, se inició mucho antes del siglo XX y en segundo lugar porque en muchos casos, como en el del proyecto independentista o los grandes movimientos populares americanos, modernización e identidad se han manifestado reunidas y no como antinomias.

[4] Ulrich Beck y Edgar Grande, La Europa Cosmopolita. Sociedad y Política en la Segunda Modernidad, Paidos, Barcelona, 2006. A modo de comparación entre el proyecto independentista y el proyecto europeo que le fue contemporáneo, dicen Beck y Grande (p. 60): “Europa ha conquistado, sometido, colonizado y explotado el mundo. Ha sido el sujeto no el objeto del poder colonial. Y sobre todo: el proceso de integración europea se construye sobre el desolador paisaje dejado por la Segunda Guerra Mundial, el Holocausto y el totalitarismo estalinista; es también el resultado de la autodestrucción de Europa, no de la destrucción extranjera”.

[5] Hugo Biagini, Utopía, Identidad e Integración como variantes del pensamiento alternativo. Un caso testigo: la Argentina 1900-1930 en Sociedad Civil, Democracia e Integración, VI Encuentro del Corredor de las ideas del Cono Sur, José de la Fuente y Yamandú Acosta Coordinadores Académicos, Universidad Católica Silva Enríquez, Santiago de Chile, 2005. Biagini reúne las significaciones que tienen en común en nuestra América los conceptos de utopía, identidad e integración, abriendo un camino que destaca la originalidad y la riqueza del pensamiento americano.

[6] Darcy Ribeiro, El pueblo brasileño. La formación y el sentido de Brasil, Fondo de Cultura Económica, México, 1999, ps. 58 y 211.

[7] Adolfo Colombres, América como civilización emergente, Sudamericana, Buenos Aires, 2004.

[8] José Ramiro Podetti, Cultura y Alteridad. Acerca del sentido de la experiencia latinoamericana, (Premio de Ensayo Mariano Picón Salas 2006 de la Fundación Rómulo Gallegos, Venezuela). El análisis que propone Cultura y Alteridad considera al proceso histórico entre el siglo XVI y la actualidad dentro de una misma lógica, que siguiendo a Karl Jaspers se define como la transición entre las historias locales y la historia universal. Se comparan los períodos 1500-1550 y 1830-1880 como saltos análogos en ese proceso. Ambos momentos están caracterizados por lo que el autor denomina “explosiones de proximidad”, con su impacto en la experiencia y en la noción de alteridad, considerada desde el pensamiento etnológico y antropológico. A partir de este encuadre, se analiza al racismo como una vertiente de tal pensamiento, y se contrasta con cinco autores latinoamericanos (José E. Rodó, Francisco García Calderón, José Vasconcelos, Fernando Ortiz y Víctor Andrés Belaúnde), que tienen en común la asunción del mestizaje como hecho irreversible de la constitución social latinoamericana, y su valoración positiva en contraposición a la herencia intelectual del siglo XIX.

[9] Helio Jaguaribe, La Alianza argentino-brasileña, Revista de la COPPPAL (Conferencia Permanente de Partidos Políticos de América Latina y el Caribe), Buenos Aires, primavera de 2006, p. 84.

[10] Alcira Argumedo, Los silencios y las voces de América latina. Notas sobre el pensamiento nacional y popular, Ediciones del Pensamiento Nacional, Buenos Aires, 1993.

[11] Carlos Fuentes, Conferencia inaugural del Congreso de la Lengua, Rosario, 2002

[12] Gordon Brotherston, La América indígena en su literatura: los libros del cuarto mundo, Fondo de Cultura Económica, México, 1997. La investigación de Brotherston, además de su originalidad, es particularmente significativa en cuanto a la comunidad cultural de nuestra América indígena, fundamento remoto de nuestra integración.

[13] César Sondereguer, Pensando Amerindia, Nobuko-Juan O’Gorman Librerías, Buenos Aires, 2003.

[14] Popol Vuh. Las antiguas historias del Quiché, Fondo de Cultura Económica, México, 1998.

[15] Miguel León-Portilla, Los antiguos mexicanos en sus crónicas y cantares, Fondo de Cultura Económica, México, 1961; Virgilio Roel Pineda, Cultura peruana e Historia de los Incas, Fondo de Cultura Económica-Universidad Alas Peruanas, Lima, 2001.

[16] Abel Posse, El alucinante viaje del doble descubrimiento en A los 500 años del choque de dos mundos, Coordinación y prólogo de Adolfo Colombres, Ediciones del Sol, Buenos Aires, 1993.

[17] Alberto Methol Ferré y Alver Metalli, La América Latina del siglo XXI, Edhasa, Buenos Aoirs, 2006, p. 37.

[18] Ernesto Barnach-Calbó, Utopía y cuestionamiento en la conquista y colonización de América, en Cuadernos Americanos N° 115 (Nueva Epoca, Año XX, Vol. 1), México, 2006. Señala Barnach-Calbó, refiriéndose a las contradicciones de España y los españoles que “una primera y patente contradicción se establece entre el derecho y la realidad, la legislación y los hechos, que afecta a la Corona y los misioneros, por un lado, y a los encomenderos por otro, sobre todo a propósito del trabajo de los aborígenes”. Ese enfrentamiento caracterizó todo el período del dominio español pero además continuó luego de la Independencia entre los libertadores y los herederos de los encomenderos, impulsores de los acuerdos de libre comercio con Inglaterra, que incluían la cláusula de “nación más favorecida” a favor de los ingleses, principal obstáculo jurídico para la concreción de la unidad de nuestra América.

[19] Graciela Maturo (directora), Relectura de las crónicas coloniales del Cono Sur, Universidad del Salvador-CONICET, Buenos Aires, 2004; José María Ots Capdequí, Historia del derecho español en las Indias y del derecho propiamente Indiano, Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de la Universidad Nacional de Buenos Aires, Buenos Aires, 1943; Guillermo Hernández Peñaloza, El derecho en indias y su metrópoli, Temis, Bogotá, 1969, p. 5.

[20] Nuestra América desmintió el carácter irrealizable de algo que sin ser lo óptimo superaba en mucho la calidad de la organización social y económica media, desde los Pueblos Hospital de Vasco de Quiroga a las Comunidades Jesuíticas de Roque González. Ello fue posible porque las culturas prehispánicas consideraban la utopía como un porvenir que podía construirse y no como especulación filosófica o política y también como un fruto de la reacción de Francisco de Vitoria al enterarse de la muerte de Atahualpa a manos de Francisco Pizarro.

[21] Baste recordar la irritación del Presidente de Estados Unidos frente al hecho de que en las movilizaciones del 1 de mayo de 2006 se cantara el Himno estadounidense en castellano para advertir la formidable capacidad de nuestra lengua para expresar cultura y civilización fundadas en valores diferentes. Por el contrario, ninguna crítica origina que se lo cante en otras lenguas, lo que el Departamento de Estado norteamericano siempre ha considerado parte del proceso de integración de los inmigrantes, al punto que en su sitio de Internet está la traducción a todos los idiomas, inclusive el castellano.

[22] José Ramiro Podetti, Cultura y Alteridad, cit.

[23] Seyla Benhabib, Los derechos de los otros. Extranjeros, residentes, ciudadanos, Gedisa, Barcelona, 2005. Una de las pancartas que llevaban los manifestantes latinoamericanos en EEUU el 1 de mayo de 2006 decía “La frontera es una ficción” y estaba escrita en inglés, para que la leyeran los estadounidenses angloparlantes y en castellano, para que la leyéramos nosotros.

[24] Luiz Ignacio Lula da Silva, Migraciones, el desafío global, Diario La Nación, Buenos Aires, 13 de noviembre de 2006.

[25] El proyecto Sensembrener, que criminaliza la inmigración ilegal en los EEUU y dispone construir un muro de 1.200 kilómetros entre ese país y México y la represión francesa a la revolución de los suburbios son excelentes ejemplos de esas políticas.

[26] Eduardo Devés Valdés, Las tareas de intelectuales y universitarios ante el estancamiento de América latina, Revista de la COPPPAL (Conferencia Permanente de Partidos Políticos de América latina y el Caribe), Buenos Aires, Primavera 2006, p. 132.

[27] Humberto Podetti, La Comunidad Sudamericana del Agua y la Energía como respuesta a la crisis global, Revista de la COPPPAL (Conferencia Permanente de Partidos Políticos de América Latina y el Caribe), Buenos Aires, primavera de 2006, p. 72. Ponencia presentada en el VIII Corredor de las Ideas llevado a cabo en la Universidad de Talca, Chile, 3/8 de enero de 2007.

[28] Sigo en esta parte la Ponencia Crisis global, derecho e integración, presentada en el XIII Seminario Internacional del Instituto de Estudios Avanzados de la Universidad de Santiago de Chile, 9/13 de enero de 2007.

[29] Zaki Laïdi, Un mundo sin sentido, Fondo de Cultura Económica, México, 1999, p. 15

[30] Hannah Arendt, La tradición oculta, Paidos, Buenos Aires, 2004, p.16

[31] Oscar Lavapeur (h), Occidente, Oriente y el sentido de la vida, Biblos, Buenos Aires, 2004, p. 319.

[32] Juan Pablo II, Fides et Ratio.

[33] Arnold J. Toynbee, Estudio de la Historia (Compendio), Alianza, Madrid, 1971, T II, ps. 26 y 107.

[34] Mario A. R. Midón, Derecho de la Integración. Aspectos Institucionales del MERCOSUR, Rubinzal-Culzoni, Santa Fe, 1988, p.28.


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